miércoles, 14 de julio de 2010
EL CUENTO DE CLAUDIA (Parte 16 y final)
La única entrevista que había tenido con Claudia había sido fría, de eso ya había transcurrido un año. En esa oportunidad me pareció una mina displicente, sin interés por mí; me había defraudado. Nada era concordante con lo que me había imaginado. Desde esa fecha no me había escrito y eso que yo le había enviado innumerables mails. Ahora, cuando ya me había olvidado de ella, aparece un día en la bandeja de entrada de mi correo electrónico, un mensaje suyo que adjuntaba un archivo; era el cuento de la crucifixión de Judit-Claudia. Como no me gusta leer de la pantalla, había imprimido esa larga historia y me la había puesto a leer en la noche. Era un cuento truculento, morboso, a veces tedioso, cruel, pero que me había gustado. Junto al archivo, Claudia, “la dolorosa”, me pedía vernos en la cafetería de la vez anterior. Yo acepté, cómo no.
Ella llegó atrasada. No había cambiado mucho desde la última vez. Su pelo largo, oscuro, bonito, que hacía contraste con su rostro blanco. Llevaba unos lentes ahumados y redondos a lo Jhon Lennon y un vestido que le llegaba a los tobillos, medio hippie; digo "medio" porque era ajustado a nivel de la cintura, lo que lograba resaltar su enorme culo, y muy escotado, sin complejos por su gigantomastía y brazos llenitos. Los tobillos, que dejaban ver sus sandalias, me hicieron pensar en el personaje de Judit. Venía fumando un cigarro de menta y sonreía. Nos saludamos y conversamos un momento sobre algunas cosas sin importancia, luego me dijo que había escrito el cuento de "Judit-Claudia" a los 19 años, cuando estaba en el convento haciendo el noviciado. Me preguntó si me había gustado.
-Sí, me gustó.
-¿te calentó?
-Sí.
-¿Cuántas pajas te hiciste?
- Sólo una.
-¿sólo una?, entonces no te gustó tanto.
-bueno, ya no soy tan joven, mi rendimiento baja.
Reímos y me ofreció de sus cigarros de menta. Con el humo verde me relajé.
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Al entrar al noviciado la inquietud masoquista me seguía apremiando. No sé por qué entré al convento ya que siempre tuve claro que una calentona como yo no podía llegar a ser monja. Estuve prácticamente un año con las hermanas. Me fue bien, fui valorada, estudiaba y no causaba problemas. Pero mi morbosa sensualidad un día explotó. De todos los rollos que me imaginaba nació el relato de "Judit-Claudia crucificada", que viene a reunir mis más íntimos y “retorcidos” deseos; tú, ya los conoces. Jajajajajaja ¡ay¡ como me gusta esa palabra, "retorcido", mmmm jajajaja.
Cuando terminé de escribirlo, lo leía una y otra vez; lo corregí y recorregí, lo adornaba e, incluso, hice unos dibujitos de él. Yo encontraba que me había quedado "monono", y me masturbaba en las noches después de leer algunos pasajes. Sí, me masturbaba dentro del convento. Ahora que lo veo, creo que me producía morbo hacerlo en ese lugar, pero también mucha culpa. Un día, hice "la loca" y me afeité la cabeza y, de rodillas, estuve rezando en el patio toda la noche frente a una imagen de la virgen, para mortificarme y, según yo, expiar mi culpa por ceder a las tentaciones oscuras de Satán. En el fondo, era para llamar la atención y ver qué pasaba; es decir, era uno más de los "experimentos" que siempre me gusta hacer.
Al amanecer, yo seguía como huevona casi cayéndome de sueño en el patio, con frío y arrodillada frente a la madre de Dios y pelada al rape, figúrate. Mis compañeras avisaron a la superiora, la que me mandó a llamar. Hablamos largo y tendido. Le dije que había cometido un pecado horrible, que se refería a mi cuerpo, pero que no se lo contaría ya que era algo muy oscuro. La señora se asustó y mandó a que descansara. A mediodía llegó el padre Alberto, un cura jesuita que iba al convento a hacer misas y a confesar a las novicias. Pidió hablar conmigo. Me dijo que la superiora estaba preocupada por mí y que me creía enferma, y que qué podía responder yo a eso. Entonces le conté que era una pecadora. Pensé en confesarme en ese momento y dar cuenta de todas mis retorcidas fantasías de masoca; tenía que decírselo a alguien, pero una idea, también morbosa, se me pasó por la mente. Le propuse que me confesara después de dos días, pero antes, él debía leer mi cuento de Judit-Claudia. Le expliqué que era extenso y que debía leerlo tranquilo. Así que le pasé una copia del texto y esperé. Evidentemente, yo, ya había decidido salirme de monja y todo eso era innecesario, pero este era otro de mis "experimentos". Quería ver al cura horrorizado de mí, condenándome y tratándome como una pecadora infecta. Deseaba que me hiciera llorar y que me expulsaran, algo así como deshonrosamente, del convento.
A los dos días el padre Alberto llegó y hablamos. Me preguntó, muy tranquilo, si aparte de ese pecado tenía otro. Yo lo pensé y le dije no, mintiendo. El pecado que me faltaba confesar era el no haber sido sincera y ser medio sádica al jugar con la inocencia de las monjas. Ese cura era demasiado inteligente. Dijo que me absolvía de todo y que me rezara tres padre nuestros a modo de penitencia.
-¿Sólo eso?- le pregunté.
-¿esperas algo más?
Entonces sí que sentí culpa. Le pedí reales disculpas, de corazón. Le confesé que tenía esa "mi inquietud sado-erótica", y que ansiaba contársela a alguien y entonces había ideado esa forma. Me dijo que él no era tonto y que no lo tratara como tal. Entendía que yo deseaba verlo horrorizado y rasgando vestiduras como un fariseo, pero no lo iba a hacer.
-Además, tu cuento es latoso y aburrido, y sé que ya has decidido salirte de novicia. Pero antes de que te vayas me gustaría que visitaras a un amigo mío que es psicólogo, toma su tarjeta. Cuéntale a él esa "tu inquietud".
El cura Alberto me dejó como una tonta, pero lo admiré, era muy "capo" el hombre. Antes de terminar nuestra conversa, me preguntó que qué haría en la vida después de salir del convento. Le respondí que pensaba estudiar pedagogía básica en la Universidad ya que me encantaban los niños. Me dio un beso en la mejilla y se despidió, deseándome buena suerte.
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-¿Entonces, de ahí la raíz religiosa de tu cuento?- le pregunté.
-Más o menos- me respondió Claudia.
-en realidad, la religión es un pretexto. Dime algo, Cristián ¿cuántas veces lo has leído?
-Dos.
-y ¿qué partes te han gustado más?
-Hay varias. Esa cuando Judit crucificada se ve a si misma como una diosa en un altar de dolor, cuando es azotada empelotas en la columna, cuando la clavan al madero y, obviamente, la parte del joven que la consuela al final.
-jajajajaja, sabía que esa parte final te gustaría.
Al decir eso, Claudia me tomó la mano. Estaba muy dada a sonreír, algo poco común en ella.
-Hay otra cosa que me gustó- dije.
-¿qué?-
-el hecho de que Judit fuera una tetona-
Ambos reímos.
-Cristián, sé que te gusta este tema, que te excitas con él. Sé, también, que llevas meses buscando; yo llevo años. He leído tu blog, algunos de tus cuentos y descubrí que también estás inscrito en sitios de internet sobre esto de la crucifixión femenina.
-¿me estai espiando?
-Bueno, no es exactamente un espionaje. Digamos que es una "investigación", jajaja. Cristián, he buscado tanto y sé que tú eres la persona.
-¿que yo soy la "persona"?
-Sí, podemos realizar nuestros sueños, deseo ser crucificada. Sé que vos también alucinai con eso.
-¿tanto sabes de mí?
-bueno, es una corazonada, por ejemplo: te hice un seguimiento por la red y descubrí que buscas películas fetichistas de minas castigadas con la crucifixión. Sentimos lo mismo, Cristián.
Al decir eso, Claudia apretó ansiosamente mi mano.
-Mírame a los ojos y dime si no es verdad todo lo que te estoy diciendo.
-Sí, es verdad- repliqué.
-y hay más; es cierto que busco desde hace meses, pero es desde la infancia que me paso "rollos" con la cruz.
-¿Ves? tengo razón, somos tal para cual, Cristián.
-Sí, pero el asunto es difícil; hay que disponer de un lugar adecuado y tranquilo, maderas para construir la cruz y ver lo de las correas o amarras.
-buscaremos el lugar. Se te olvida el látigo y los clavos.
-¿clavos?
-claro.
-¿bromeas?
-No. Después de ser crucificada con correas o amarras, quiero serlo con clavos y que mi cuerpo se "retuerza" por el dolor, jajajaja.
-estás bromeando.
-no, no lo estoy.
-pero eso es arriesgado.
-lo hacen en las Filipinas para semana santa.
-sí, pero se trata de clavos especiales y están con un paramédico al lado. Además no es como lo hacían los romanos, las personas no están desnudas ni suspendidas.
-jajaja, sí, lo sé, por eso es que no deseo ir a las Filipinas. Yo deseo ser crucificada por ti y para ti, deseo estar desnuda en ese suplicio para ti, que me contemples en mi dolor, quiero dártelo de regalo, Cristián, mi Cristián.
En forma casi automática, al escuchar esas palabras de labios de la Claudia, el miembro se me erectó.
-Yo no haré eso. Es delito, delito de lesiones sancionado con pena de cárcel, eso sin contar con posibles infecciones como tétano, gangrena o alguna otra mierda que se te pueda meter en las heridas. No soy delincuente ni estoy loco, Claudia.
-¡que cobarde eres¡ y también hipócrita porque te gustaría hacerme eso, te calentai imaginándote que me torturan.
Me levanté al instante de la mesa y le dije,
-Búscate otro huevón, ve al bar "X", allí encontrarás a otros más "valientes" que yo, y con más carácter y podrás así satisfacer tus caprichos. Chao, Claudia, un gustazo haberte conocido.
Pagué mi café y salí de allí. Di vuelta a la esquina y caminé acelerado hasta el parque Forestal. Cuando llegué allí me calmé y seguí mi rumbo caminando encima del césped en dirección al centro, lentamente. La Claudia me había seguido. Corría detrás de mi como desesperada, llamándome a viva voz.
-Cristián, Cristián, por favor, Cristián, espera. No me dejes así, sé que eres la persona, ya tengo 32 años, he buscado mucho y nadie encaja conmigo, sólo tú eres esa persona.
-tampoco soy esa persona, Claudia. No tengo pasta de "Amo" ni de dominante, soy demasiado cobarde, tú lo dijiste. Busca por otro lado, búscate otro hueón.
-ya lo hice, eres tú, lo presiento. Sé lo que te angustia, sé de tu melancolía, démonos una oportunidad.
-déjame, loca de mierda.
Yo seguí caminando, verdaderamente molesto, pero Claudia se me adelantó y me obstruyó el paso.
-Por favor, Cristián. Podrás hacerme lo que quieras, podrás hacerme de todo: seré tu puta, podrás cachetearme, meterme la mano donde se te plazca, humillarme, mearte sobre mi, beberé tu orina, háceme gritar, crucifícame, CRUCIFÍCAME.
-CHAOOOOOOOO, Claudia.
-NOOOOO, llámame vaca, yegua, háceme fisting; si tú lo quieres puedo relinchar, mugir como vaca, imitar a una lombriz, seré una gusana, haré la cerda. Háceme subir el Cerro San Cristóbal corriendo, ríete de mi gordura, seré tu esclava para todo servicio, podrás culearme cuando sea tu capricho o si quieres conviérteme en tu muñeca marioneta, o cuélgame de las tetas.
Seguí mi camino aparentando indiferencia. Unos pasos más allá me volví y vi a la Claudia arrodillada en el pasto, llorando y abrazada a sí misma como entumecida. Cuando me acerqué, unas gruesas lágrimas corrían por su cara; sus párpados estaban cerrados. La tuve a mis pies; me miró hacia arriba con los ojos rojos. Se seguía abrazando ella misma con lo que apelotonaba sus enormes ubres de vaca.
-¿así que quieres que te humille, mierda, loca enferma?
Miré a todos lados para ver si estaban mirando y luego la tomé del pelo, levantándola. La "zamarrié" un poco y le apreté las mejillas haciendo que su boquita se transformara en un diminuto ocho.
-¿por qué no vas donde el psicólogo que te recomendó ese cura? mina estúpida, bruja manipuladora- le dije y le pegué una bofetada en la mejilla. Le seguían corriendo gruesas lágrimas, no dijo nada y cerró los ojos como dormida suspirando por la boca entreabierta. Cuando ya no pude contenerme, me subió una ternura animal, le comencé a lamer las lágrimas como si fuera un perro salvaje, a sobarle las tetas y a meter mi lengua en su boca la que sabía a cigarros de menta. Su cabello olía a shampoo de algas marinas y la piel a colonia para bebes.
Del parque Forestal nos fuimos a uno de los tantos moteles que abundan en el centro y pasamos toda la tarde entremedio de besos, lamidos y otras cosas que no incluyeron opresiones ni sometimientos. Como ambos somos unos menesterosos y se nos hizo poco el tiempo, apenas pudimos pagar entre los dos el motel, reuniendo peso a peso el dinero. Me quedé sin plata para la locomoción de modo que me vi obligado a caminar hasta mi casa lo que aproveché para pensar en lo que había pasado esa tarde. Concluí dos cosas: cotizaré precios de maderas, cuerdas y de látigos; también de clavos; y desde ahora usaré Shampoo de algas marinas, colonia para bebes y fumaré cigarros de menta.
FIN.
jueves, 8 de julio de 2010
EL CUENTO DE CLAUDIA (Parte 15).
viernes, 2 de julio de 2010
EL CUENTO DE CLAUDIA (Parte 14).
Después de un largo rato, la postura de ovillo en el suelo me incomodó. No podía estirarme a no ser que me pusiera de pie; la estrechez del foso, y mis dolores, me lo impidieron. Me acordé de la historia de José que una vez me contó mi padre; sus celosos hermanos lo habían arrojado en un pozo, desnudo y él hubo de pasar toda una noche en el fondo, arrollado como un ovillo. ¿No sería aquella historia de infancia otro de vuestros anuncios, Adonay?.
Cuando la incomodidad me resultó insoportable, hice un supremo esfuerzo y me puse de pie. Estaba muy débil, mas tanta era la angostura de ese foso que era imposible caerme. Ya no sentía el mareo. Otra vez Viriato, mi verdugo, tenía razón; la estadía en ese lugar oscuro me había hecho descansar y recuperarme de la azotaina; pero el largo rato de pie en un mismo lugar también me incomodó y volví al suelo, arrollada. Cerré los ojos e intenté dormir; un tirón en mi pie encadenado me hizo abrirlos. Nuevamente estaba colgando cabeza abajo y el fondo del foso se fue alejando rápidamente. Al llegar arriba, el aire me pareció fresco y respiré aliviada. Me bajaron y un par de soldados comenzó a darme una lluvia de bofetadas.
-Habéis descansado demasiado y eso no es bueno- me dijeron. Recibí golpes y apretones en los pechos así como en el vientre. Me arrojaron al suelo y fui pateada despiadadamente. Otra vez mi llanto afloró. Con una mano apretada en mi garganta, Viriato me dijo,
-Hay 14 soldados en este lugar, a cada uno de ellos chupareis su sexo hasta hacerlo derramar y beberéis sus simientes sin perder ni una sola gota. Sino lo hacéis así, con mi daga os cortaré la nariz y os arrancaré los dientes uno por uno.
La perspectiva de vivir los últimos y dolorosos momentos de mi vida con fealdad, me aterrorizó; entonces me puse de rodillas y comenzó la humillación.
Probé el falo de los catorce soldados. Ya antes había hecho lo mismo con infinidad de hombres y sabía cómo hacerlo, mas ahora estaba sometida y doblegada. Soporté con resignación el hedor que de algunos emanaba. Al terminar dicho escarnio, Viriato me tomó y metió mi cabeza y manos en un cepo en el cual quedé aprisionada y en una postura inclinada, con la frente hacia el suelo. Ahora la soldadesca principió la violación de mis orificios. Todos fueron turnándose, haciendo una fila detrás de mi trasero. Algunos introducían su falo en mi flor, otros lo hacían en mi cloaca. Algunos demoraban mucho tiempo, otros casi nada. Cuando terminó el último, mi sexo y culo estaban adoloridos y por mis nalgas y piernas sentía el calor de las simientes que chorreaban hacia abajo. Viriato cerró esta etapa violándome con furiosas embestidas. Cuando terminó agregó 10 azotes en el trasero y atrás de mis muslos, los que cayeron sobre mis anteriores heridas, reavivándolas. Mis lágrimas saltaban y lanzaba hipos entremedio de los sollozos; luego jaló fuertemente de mis cabellos y preguntó,
-¿Por qué lloráis?, ¿no os gusta?, ¿no sois lujuriosa?, ¿no os gusta que los hombres os deseen?, ¿por qué lloráis entonces?. ¡Aaaah¡ entiendo, no ha sido suficiente.
Entonces, volviendo atrás y separando mis piernas, metió sus dedos en el agujero de mi sexo. Dos dedos, luego tres, cuatro dedos, hasta que empujando con la fuerza propia del brazo de un legionario, introdujo toda su enorme manaza hasta la muñeca dentro de mi matriz. Exhalé un grito agudo, sintiendo que me dividía por la mitad.
-¡AAAAAAAH¡ Piedad, Viriato ¡por Dios¡, ya no quiero esto, no sigáis- él respondió,
-os seguís quejando, veo que aún no es suficiente, ¿queréis más aún?
Dicho esto, sentí que las paredes de la matriz se estiraban más todavía, hinchando mi bajo vientre. Viriato había empuñado su mano dentro de mí, la revolvía y agitaba y seguía hundiéndola en mis entrañas. Cuando extrajo su mano, lo hizo sin dejar de empuñarla y la limpió con mi larga cabellera.
-Vuestra matriz está llena de inmundicia, golfa- luego continuó diciendo,
-sé que aún os sientes bella y, lo reconozco, lo sois; pero no iréis a la cruz así. Os afearé, mas soy considerado con vos y os daré a elegir entre tres alternativas: os cortaré la nariz con mi daga, os cortaré las orejas y marcaré vuestra frente con un hierro candente o cortaré vuestra hermosa cabellera. Elegid, Claudia, de entre las tres.
Convencida estoy ahora de que Viriato era vuestro instrumento, Adonay, para castigarme. Supo herirme dónde más sufría mi corazón, y mi debilidad era ciertamente la vanidad.
Elegí el corte de mi largo cabello hermoso y del cual estaba tan orgullosa.
Sin sacar el cepo de mi cuello, me inmovilizaron completamente la cabeza con una prensa accionada por una palanca que un soldado iba girando. Mis sienes fueron apretadas hasta un nivel que creí mi cabeza reventaría. Cuando grité por la presión, el soldado paró de girar. Con su daga, Viriato, fue cortando mi ensortijado pelo como si fuera maleza del campo. Veía como caía al suelo mi otrora frondoso motivo de orgullo y comencé a llorar copiosamente. Esa visión dolía mi corazón más que todas mis anteriores humillaciones. Había sido despojada de mis esclavos, riquezas, ropas, orgullo y ahora, era despojada de mi hermosura. No era dueña de nada salvo del dolor que me acosaba sin darme descanso. Había sido más feliz de esclava que ahora. Pronto se me despojaría de mi vida de una manera lenta y afrentosa.
Cuando la daga ya no pudo cortar, mi tristeza creció al ver que era afeitada de la cabeza. ¡Por Dios, que horrible luciría¡ Mis incesantes sollozos provocaban estremecimientos en mi cuerpo salvo la cabeza fijada por la prensa; dichos movimientos estimulaban a los soldados que metían sus manos por mis intimidades y sobajeaban mi vientre y trasero. Cuando terminaron de pelarme y me soltaron de la prensa y cepo, la frescura invadió mi cabeza desnuda. Me volví pudorosa, bajé la mirada humillada y con vergüenza, procuraba taparme con las manos el sexo y los pechos, a lo que los soldados correspondieron con irónicas hilaridades. Viriato me extendió unos andrajos sucios y rotosos.
-Parece, elegante patricia, que deseáis cubrirte. He aquí una fina prenda para usar.
Yo sólo me quedé parada sin saber qué hacer. Una fuerte bofetada de Viriato, me indicó que debía ponerme aquellos trapos y lo hice. Aquel vestido llegaba hasta un poco más arriba de mis rodillas y olía mal. Me veía peor que una leprosa. Una tristeza profunda hizo que, extrañamente, me tranquilizara. Me dio resignación. Ya todo estaba acabado, era una muerta en vida. Dirigiéndome a Viriato dije,
-¡que cruel sois, Viriato¡, mas comprendo que lo seáis porque os herí con mi soberbia. Acepto humildemente este suplicio, pero antes perdonadme en vuestro corazón.
Por toda respuesta, me tomó bruscamente y volteándome, ató mis manos a la espalda y pasó una soga por el cuello; acto seguido, colgó de él una tablilla escrita en arameo y griego que decía "Claudia, la puta del falso rey". Me llevaron a la calle para iniciar el trayecto al basural donde sería crucificada. Viriato no fue. Seis soldados a caballo iban delante de mí. Yo iba a pie y era tirada con la soga de mi cuello desde una de las monturas. Los caballos también arrastraban el tablón que haría de patíbulo para mi cruz.
Al pasar, la gente me miraba. Al verme rapada, descalza, con andrajos y las piernas azotadas comprendían que era una condenada y bajaban la vista. Otros, al leer la tablilla, me insultaban o lanzaban crueles groserías. Yo caminaba serena, indiferente a las miradas de las personas. La pena me había dado serenidad; ni yo misma me lo explicaba, y os agradecí por eso, mi Dios.
Al salir de la ciudad, mis pies se lastimaban por los filudos guijarros que abundaban en el basural. ¡Que cansada me sentía¡ Una cálida brisa acarició mi afeitada cabeza y entonces comprendí, demasiado tarde, que las pequeñas cosas pueden hacernos más felices que la abundancia o las grandezas.
Pasamos cerca de una cruz de la cual colgaba un cuerpo corrupto y maloliente. Era imposible reconocer de qué sexo había sido. Más allá, en un árbol seco, estaba clavado un hombre. No tenía patíbulo y sus muñecas habían sido atravesadas por sobre su cabeza con los brazos en alto. Violentos estertores dominaban al pobre hombre haciendo que se moviera aceleradamente su pecho y abdomen, mas parecía inconsciente de lo que ocurría a su alrededor. Algo le impedía morir del todo. ¡Qué crueles eran los hombres¡ y yo lo había sido también, ¿Para qué tanta crueldad?, ¿acaso no bastaba matarnos con el golpe de una espada?, ¿era necesaria toda esta afrenta?. Entonces creí comprender las enseñanzas del maestro cuando hablaba del amor al prójimo y el perdón.
Seguimos avanzando bajo el sol abrasador hasta que llegamos a un lugar en donde se erguían 3 árboles algo resecos pero aún firmes. Eran usados como stepe (el poste vertical de la cruz). Los troncos eran anchos y casi no poseían ramas. Este era el lugar fatídico.
CONTINUARÁ.
sábado, 26 de junio de 2010
EL CUENTO DE CLAUDIA (Parte 13)
Fui llevada a un lugar subterráneo, muy húmedo y con poca luz. En él se encontraban ocho soldados que, al entrar yo, se fijaron en mi con los ojos brillantes que delatan la lujuria. Comenzaron a sonreír burlonamente lo que hizo crecer mi temor. Ese era el lugar de mi flagelación previa a la cruz, y se sabía que en esta etapa los verdugos tenían licencia para desatar las más bajas y crueles pasiones, máxime si se trataba de una mujer. Detrás de mí entraron más soldados. Sin duda se había corrido la voz por todo el pretorio de que iban a crucificar a una bella y reconocida ramera y deseaban participar en mi escarnio o presenciarlo, todos querían ver mi cuerpo desnudo ser flagelado y mis vergüenzas exhibiéndose. Comenzaron a darme apretones y manoseos. Vi por última vez, y de manera crecientemente atemorizante, la locura que provocaba mi cuerpo en los hombres. Sentía miedo, pero a la vez algo del halago que el entusiasmo masculino causaba en mi. Si, Adonay, en la hora del final, incluso de este terrible final, Belzebú venía a tentarme. Esa imagen del subterráneo lleno de soldados y yo, única, bella y vulnerable mujer, me perturbaba. Pero el miedo fue mayor que mi vanidad y en mi mente os elevaba preces, mi Dios, para que estuvierais a mi lado.
Viriato dirigió todo. Nunca sonrió como los demás y su cara reflejaba ira. Me rasgaron mis hermosos vestidos hasta dejarme completamente desnuda. Conforme lo hacía el soldado encargado, restregaba con la mano mi cuerpo, haciendo chanzas sobre algunas partes de mis femineidades. Mi lujoso y fino vestido se ensució al caer al suelo lo que lamenté. Con la punta de su espada, Viriato lo cogió y mirándome lo arrojó a un brasero encendido provocando una gran llamarada que pronto empequeñeció. Lágrimas comenzaron a correr por mi rostro causando hilaridad en toda la tropa ante lo cual recibí una fuerte bofetada de Viriato.
-Al lugar donde vais no necesitareis ropas-dijo.
Hiciéronme poner mis manos contra una columna con los brazos en alto y las piernas separadas. En esa postura fui engrillada con unas cadenas que nacían de la columna, de las muñecas y tobillos. Mi flagelo iba a comenzar. Recordé la azotaina que mi madre me había dado cuando pequeña y la que había recibido Aulo; este nunca había dejado de gritar mientras la sufría. Y era sólo el comienzo del suplicio.
Un relámpago de dolor me avisó que habían dado el primero de treinta azotes. Mis nalgas ardieron como si hubieran sido quemadas. No podía creerlo, era mucho, demasiado dolor. ¡Dios¡, no resistiría tantos latigazos. Os pedí ayuda, Señor, fortaleza para soportar aquello.Vino el segundo y el tercero que cayeron en mi espalda. Sentía que la respiración se me iba, apretaba los ojos y berreaba ahogadamente. Al cuarto latigazo me parecía que llevaba cuatro horas siendo vapuleada y quedaban todavía 26 golpes.
Ahora que me encuentro en la agonía me río de esas sensaciones. En esos momentos aparecían como el mayor dolor que podía recibir y el más insoportable para mí. Hasta no sentirlo, no imaginé lo que vendría después en la cruz. Con el quinto latigazo la saliva se me escapó de la boca y lancé un agudo grito que provocó risas en la tropa; alguien decía un chiste relacionado con el alarido y con mi oficio de meretriz. Tan insufrible era que, con las esperanzas puestas en vos, mi Señor, pensé que al décimo azote moriría y así me ahorraría el resto de los golpes y la propia crucifixión, mas comprobé en carne propia que el cuerpo es capaz de soportar mucho más que eso. El vapuleo se detuvo y sólo se escucharon mis sollozos en el lugar. La voz de Viriato dijo,
-Iremos acompasadamente, Claudia; os daremos tiempo. Es sólo el latigazo número cinco y aún faltan 25. No imagináis lo que os espera.Llora, Claudia, como yo lloré. A pesar de todo lo que me hicisteis, os quiero ayudar; os digo que vuestro dolor sólo será hasta el azote número 14 o 15. Paciencia debéis tener hasta el 15. De ahí en adelante ya no sentiréis los golpes porque vuestro cuerpo se volverá un andrajo inservible.
La azotaína se reanudó y mis alaridos continuaron. Con cada golpe mi cuerpo se retorcía procurando escapar hacia algún lado, pero ni las piernas podía levantar ya que estaban encadenadas a esa columna. Mis retorcimientos excitaban a los soldados ya que a cada azote una rechifla lujuriosa y groserías escapaban de sus bocas.Tantos cuidados a mi piel para que luciera hermosa y ahora era surcada por esas rayas sanguinolentas. Los golpes caían en mi espalda, nalgas y piernas; se trataba de distribuir equitativamente el vapuleo.
Al noveno azote, Viriato volvió a detener el flagelo y, al oído, me susurró mientras sollozaba.
-Has de saber que debéis estar agradecida del flagelo ya que esto se hace por compasión a vos. La azotaína hará que vuestra estadía en la cruz no se prolongue tanto. Si no os azotaran podríais estar días clavada del madero sin morir, en un perpetuo sufrimiento.
Con la punta de su espada Viriato tocó una de las abiertas heridas de mi espalda haciéndome gritar y luego añadió,
-debéis decir estas palabras, "Amo el flagelo, soy una puta ardiente que Ama el flagelo".
Volvió a tocar la herida haciéndome, otra vez, gritar.
-Vamos, decidlo, y que lo escuche toda mi tropa.
Traté de articular alguna palabra pero no podía.
-Vamos, decidlo.
De nuevo hundía el metal en la llaga y yo volvía agritar.
-Amo el flagelo, soy una puta ardiente que Ama el flagelo.
Nuevamente me hizo decirlo, y de nuevo pronuncié esas palabras, sintiéndome humillada.
-Como decís que amáis el flagelo, Claudia, os daré en el gusto; 36 serán los azotes y no 30.
Yo supliqué piedad y perdón a Viriato, mas él me susurró que era mejor subir la cuota de golpes para aminorar la agonía terrible de la cruz .
- lo agradeceréis- dijo. Pero no os lo agradezco, Viriato. Agradecida estaría si hubierais subido los azotes a sesenta. Teníais razón, el dolor de estar clavada no es comparable con nada. El flagelo continuaba y cuando llegaron a 15 los azotes, las voces de los hombres parecieron alejarse y todo se oscureció. Abrí apenas los ojos. Mis piernas habían cedido y ahora colgaba de los brazos con la cabeza hacia atrás.Viriato una vez más tenía razón, los golpes ya no me dolían como antes, pero sentía que un líquido caliente corría por mis nalgas. Escuché que se me daba el latigazo 20, nuevamente hubo oscuridad. El 21, oscuridad de nuevo. El 22; oscuridad, el 23, oscuridad. Laoscuridad se transformó en montañas y de ellas veía descender a mi padre que bajaba con las ovejas. En su mano traía unas aves que había cazado en el camino y al llegar me decía con una sonrisa-Judit, hoy tendremos un festín. Un escozor en toda la superficie azotada me sacó del ensimismamiento. Hízome temblar y berrear sintiendo que me quemaba. Tomándome de las cadenas de las que colgaba sujeta de mis brazos, me incorporé poniéndome de pie y mi cuerpo salió de su sopor para estar nuevamente tenso. Habían arrojado agua salina en mi espalda lo que explicaba el escozor en las heridas. No deseaban que me refugiara en mis sueños, me querían presente de cuerpo y espíritu para así observar mis retorcimientos estimulantes de su lascivia. Continué soportando con resoplidos mi castigo. Cuando el azote 28 se dejó caer, un nuevo alto me permitió descansar. Por mi espalda corría sangre, de mis ojos lágrimas y de mi cuello y sobacos, manaba un copioso sudor. Viriato ordenó desengrillarme e inevitablemente tuve la esperanza de que el castigo hubiera terminado. Vanas esperanzas. Fui volteada y, de nuevo, se me engrilló de tobillos y muñecas, pero esta vez, la columna estaba a mis espaldas. Con horror dime cuenta de que sería vapuleada por delante. Mis hermosas y ubérrimas tetas serían maltratadas y tendría a la vista los estragos que había hecho el látigo atrás de mi.
Mis brazos en alto y en tensión, encadenados a la columna, hicieron que mi enorme busto se levantara para el placer de aquellos soldados cuyos ojos se fijaron en mis tetas y en la flor de mi sexo cubierta de negros pelos. Estaban perplejos como si nunca hubieran visto un sexo de mujer. Recuperé algo de mi destrozado orgullo y, un pensamiento fugaz, me dijo que toda esa tropa de machos estaba a mis pies rindiendo un tributo a mi dignidad de diosa. Pero la blasfemia de mi pensamiento se borró al ver la sangre que había en el suelo; ¡MI PROPIA SANGRE¡. Los hombres comenzaron con las groserías y el barullo salvaje se reanudó. Antes de retomar el suplicio, el azotador tiró de mis tetas y me sobó el sexo; metió los dedos en el agujero, luego agarró la mata de pelos negros y jalándola con brutalidad preguntó a sus compañeros,
-¿os gusta esto?
Todos respondieron con rechiflas y más groserías. En eso Viriato se acercó cargando en sus manos un odre con agua. Me dio a beber.
-Aprovechad, Claudia, bebed todo lo que podáis porque la sed será después insoportable.
Cuanta razón tenía en todos sus consejos. Cuando casi hube acabado el odre, Viriato derramó el resto sobre mi cabeza, lo que agradecí con todo mi corazón. Los azotes se reanudaron y fueron cruzando primero mi vientre, los muslos, y finalmente las tetas. Quemantes líneas violáceas y rojas provocáronme mayor dolor que las recibidas en mi espalda y culo. Mis resoplidos fueron mecánicos y persistentes y parecía que me ayudaban a resistir. La cabeza me daba vueltas y al latigazo número 34 las piernas volvieron a aflojárseme, quedando suspendida de los brazos.
Los dos últimos golpes casi no los sentí. Me encontraba en un estado intermedio entre el desmayo y la consciencia. Viriato volvió a darme agua y yo agradecí con un suspiro. Me sentía flotar en el aire deseando que todo acabara. Ingenuamente pensaba que eso era la agonía. Me quitaron, primero, los grillos de los tobillos y luego el de la muñeca izquierda. Traté de pararme pero mis piernas azotadas se doblaron y quedé colgada del brazo derecho. Mi falta de fuerzas me pareció increíble, estaba convertida en un guiñapo. Caí finalmente al suelo. Trataba de pararme pero el cuerpo no respondía. Sentía un mareo similar al que había experimentado más de una vez, en las borracheras de vino. Veía que los hombres reían y hacían gestos lascivos, mas me eran indiferentes, sólo me preocupaba ese molesto mareo que me poseía.
Viriato me arrastró hasta un estrecho foso en el que apenas cabía mi cuerpo. Puso una argolla en el tobillo derecho de la que nacía una cadena que llegaba hasta el techo. Sin casi darme cuenta me vi colgando, cabeza abajo, como un animal para el sacrificio. Abajo de mí veía el fondo del foso el cual era muy profundo. Los soldados comenzaron a divertirse, balanceándome, haciendo girar mi cuerpo, pasando sus manos por mis intimidades, metiendo sus dedos por ambos agujeros y tirándome los pelos de mi flor. La cadena comenzó a bajar poco a poco y fui introducida en aquel estrecho hoyo. Una vez en el fondo hube de arrollarme como un ovillo en el suelo ya que no tenía fuerzas para ponerme de pie. Miré hacia arriba y los rostros de los soldados que me observaban parecían pequeños. La profundidad era considerable. Abajo el aire era pesado, enrarecido y maloliente. Escuché la voz de Viriato.
-Ahí descansareis unas horas, Claudia. Disfrutad de vuestra nueva casa. Ya os mudareis a otra.
Acto seguido, arrojó agua que refrescó mi cuerpo. Tal vez me dormí allí, no lo sé, pero ciertamente descansé. Todo el cuerpo me dolía por los golpes, algunas heridas aún sangraban y ardían. Si me hubieran dicho que debía quedarme allí a morir lo habría aceptado con gusto.
CONTINUARÁ.
miércoles, 9 de junio de 2010
EL CUENTO DE CLAUDIA (Parte 12)
Estuvimos todo el día siguiente encerradas y llorando. Cuando ya anochecía entró Viriato a la celda. Nos llevaba comida y agua; nos desató y quitó las argollas. Con ojos tristes y semblante adusto habló:
-Vuestro maestro murió en la cruz. El prefecto lo condenó por haberse proclamado rey, lo que es, sin duda, un delito en contra de la autoridad del Cesar. Mañana vosotras seréis juzgadas como cómplices de él y, con seguridad, correréis la misma suerte- luego, dirigiéndose a mí, agregó,
-No tenéis idea de lo que sufrí por vos, Claudia, nunca una mujer me había hecho eso, mas ha llegado el día de mi revancha y la sufriente y humillada seréis vos, y yo reiré como vos reísteis y me humillasteis un día.
Cuando Viriato se fue, mi cuerpo se heló de miedo y mi esclava estalló en lágrimas. Era cierto, éste era el castigo de Dios. Viriato mismo lo había dicho sin saberlo. Mi soberbia y orgullo se habían devuelto contra mía. Al amanecer fuimos encadenadas del cuello y llevadas ante el prefecto. El mismo Viriato y dos soldados nos iban jalando para que apresuráramos el paso.
De pronto mi memoria se nubla y se todo se oscurece.
Cuando Viriato dijo que éramos cómplices del maestro, de atentar contra la autoridad del Cesar la cara del prefecto adquirió una expresión de fastidio:
-El juicio y crucifixión de ese farsante me ha provocado dolores de cabeza y ahora esto ¿Es que no acaba nunca? ya no deseo más disturbios.
-Prefecto, no podéis liberarlas, lo sabéis.
-Si, lo sé. Crucificadlas, pero hacedlo en el basural, en la parte más inmunda de él, pocos transitan por ahí. Eso evitará problemas mayores.
Mi esclava, al escuchar el veredicto, comenzó a chillar y a pedir piedad.
-¿Cómo dijisteis que era el nombre de estas mujeres?
-Es Claudia, la ramera y su esclava personal.
-¿Claudia, la misma que todos frecuentáis?
-Si, prefecto.
-No puede ser. Ese farsante se rodeaba de miserables, tullidos y leprosos y he oído que esta es una rica meretriz de categoría. Decidme, Viriato ¿cuáles son vuestras pruebas en contra de ellas?
Cuando escuché esas palabras de boca del prefecto, tuve esperanza de salvar mi situación. Me dije a mí misma que todo lo acontecido sólo había sido otra de vuestras advertencias, mi Señor, mas, Viriato replicó,
- Prefecto, vos sabéis que ese tal Mesías se rodeaba también de golfas, mas tengo pruebas que inculpan a ésta. La noche que el alborotador esperaba vuestro juicio, ésta ramera fue a la prisión e intentó sobornarme a fin de que facilitara el escape del prisionero. Ofreció monedas de plata y hasta su propia carne, a cambio de la fuga.
-y por supuesto, vos rechazasteis la oferta- dijo el prefecto sonriendo burlonamente.
-Aparenté que aceptaba el trato para poder caer sobre todos los conspiradores, mas sólo la encontramos a ella y sus esclavos.
-Extraño que una conspiradora actúe sola. Por otro lado es mejor que no hayáis encontrado a nadie más; no quiero más crucifixiones a causa de ese falso mago.
-Prefecto, por si tenéis dudas, debo agregar que tengo más pruebas. Poseo informes de que el padre de esta golfa fue un Celote que terminó en la cruz. Es hija de bandidos de modo que ella sólo puede ser una bandida también. Además estuvo muchos años como esclava del magistrado Plinio Claudio de Tiberiades, sin duda haciendo labores de espionaje para la subversión.
-Tenéis razón, Viriato, las pruebas son abrumadoras, crucificadla ahora mismo previa flagelación. Sin duda vuestros hombres se divertirán mucho con ella; hay que reconocer que su belleza es notable. Ahora sacadlas a ambas de mi vista, tengo labores mucho más importantes que preocuparme de minucias. Ejecutadlas de inmediato.
-Una cosa más, prefecto. El soldado Ticio desea quedarse con la esclava.
-está bien, dos crucificadas sería demasiado. Os salvasteis, esclava.
Las imágenes horribles del sufrimiento de Aulo y del celote y el bandido crucificados a la vera del camino se me vinieron a la mente y sentí un mareo. Me arrodillé e imploré piedad. Negaba todos los cargos, alegando un mal entendido y que Viriato actuaba por despecho, mas no fui atendida y a tirones de la cadena en mi cuello fui sacada de ese lugar. Lloraba y gritaba de espanto. Por un momento, se me dejó en el patio y vi pasar a mi esclava siguiendo a su nuevo Amo Ticio. Esta se volvió hacia mí y mis ojos llorosos vieron como se dibujaba una sonrisa de burla en su rostro; me odiaba. Cerré los ojos avergonzada ante vos, mi Señor, por lo soberbia y cruel que había sido con mis esclavos.
CONTINUARÁ.
miércoles, 2 de junio de 2010
EL CUENTO DE CLAUDIA (Parte 11)
Mi cuerpo se heló y comencé a temblar para luego desvanecerme. Al despertar lloré con amargura y decidí quedarme en la posada sin saber qué hacer. Supe que ese, mi maestro, había sido el que había resucitado al muerto. Los esclavos y sirvientes estaban inquietos; a cada una de las preguntas que me hacían yo respondía con insultos. Ordené que me dejaran sola. Transcurrió un día entero, al final del cual dispuse que mis esclavos regresaran a Jerusalem. Yo me quedaría sola. Estuve dos días en la posada sin tomar una resolución; pasado ese tiempo decidí volver a la ciudad. En esos instantes os invoqué, Adonay, después de años de no hacerlo. Ciertamente, todo lo que había pasado había sido una señal vuestra para enderezar mi vida, mas era tarde para eso.
Caminé por el desierto, sola, día y noche, sin preocuparme del cansancio ni del peligro de los bandidos que infestaban los caminos. No tenía nada en mi cabeza salvo que debía dar alcance a mi maestro y seguirlo como tendría que haberlo hecho cuando la prostituta María me invitó.
Después de 4 días llegué, al atardecer, a Jerusalem, sucia y cansada, mas sin disminuir mi angustia. En mi casa los esclavos me informaron lo qué había acontecido en la víspera. El maestro estaba preso en las prisiones del prefecto a la espera del juicio que se llevaría acabo al día siguiente; ya había sido enjuiciado por el Sanedrín y se le había encontrado culpable de Blasfemias. Los sacerdotes buscaban acabar con la vida de él y para eso era menester la intervención de la autoridad romana a fin de que lo juzgaran y condenaran a morir en la cruz. Ante la ley de los paganos, la blasfemia no era delito y por eso los sacerdotes comenzaron a divulgar que el maestro se proclamaba rey, lo que podía constituir un atentado y desafío en contra de la autoridad del Cesar. Se rumoreaba que la condena del prefecto era inevitable.
Las últimas palabras que el maestro me había dicho en Betania remecieron mi corazón. Me sentía la más baja de las mujeres, una bestia insignificante y despreciable. De nada me servía la belleza y el dinero, lo que de algún modo había sabido desde siempre, mas me negaba a reconocer. Nada tenía sentido ahora. Entre medio de estos tristes pensamientos aparecieron las palabras que Hiram siempre repetía a modo de máxima: "Este mundo no es de los soñadores". Me imaginé a Hiram dándome a elegir entre dos caminos: uno de carencias y sufrimientos y el otro de comodidades, elegancia, riquezas y vanidad. Hiram me recomendaba este último y me mostraba a aquellos hombres crucificados que había visto días atrás, a modo de ejemplo de lo que podía conseguir si adoptaba el primer camino. Mi cabeza estaba confusa y lloré por no poder encontrar la certeza que anhelaba. Hasta que vos me iluminasteis, mi Señor. Hiram era el ministro de Belzebú que siempre estuvo engañándome. Debía hacer algo por mi maestro.
Me puse el vestido más elegante y que destacara mi figura; maquillé mi rostro y me dirigí, con un esclavo, hasta la prisión del prefecto. El capitán de la prisión se llamaba Viriato; yo lo conocía ya que en otra época había frecuentado mi casa; durante ese tiempo su pasión y enamoramiento hacia mí lo habían llevado a gastar en dones y atenciones que cuando acabaron me hicieron expulsarlo y no admitirlo más en mis juergas. Fui muy cruel; el romano estaba realmente enamorado. No era razonable enemistarse de esa forma con un funcionario del Cesar, mas mis influencias dentro de sus superiores me daban la confianza necesaria para hacerlo. Era ya de noche cuando llegué a la prisión y pedí hablar con él. Hube de desembolsar muchas monedas de plata antes de conseguir estar frente a él. Estaba segura de poder convencerlo de que provocara una fuga del prisionero ¡vaya petición¡ ilusa y ridícula. Yo, que aborrecía a los soñadores, me volvía una de ellas, y de la manera más tonta imaginable. Cuando estuvimos a solas hablamos y le planteé el propósito que me llevaba a verlo. Se negó rotundamente aduciendo que aquello era, no sólo un incumplimiento de sus deberes como legionario, sino un delito de alta traición al Cesar, merecedor de la muerte. Entonces le ofrecí 10 saquitos con monedas de plata, las joyas que llevaba encima y hasta mi cuerpo para hacer lo que se le antojara; acto seguido descubrí mis pechos y extendí mis brazos hacia él. Se quedó perplejo un momento, mas siguió rechazando. Le prometí más dinero el cual podía buscar en mi casa. -Esta bien, acepto- dijo, luego añadió que lo más probable era que el maestro fuera juzgado por el prefecto al amanecer y crucificado luego, de modo que él dejaría la puerta abierta de su celda y le quitaría las cadenas; facilitaría todo para que el prisionero escapara durante esa noche, pero debía asegurarle tres saquitos de monedas de plata por cada uno de los guardias que habría que sobornar. Acepté sin dudar; disponía de monedas para eso y mucho más. Apenas me manifesté conforme, Viriato me abrazó y babeó mis tetas con avidez, luego subió mi vestido y fui poseída en ese lugar y de pie. Cada embestida que me daba hacía que me levantara como si estuviera cabalgando y yo cabalgaba conforme y feliz ya que mi plan estaba resultando. Una vez terminado dijo que me fuera a casa; él se encargaría del resto y más tarde me visitaría, debía prepararme para recibirlo ya que seguiría poseyéndome. ¡Oh Dios¡ yo, que había sido instruida por Hiram en las artes de la negociación, confié ingenuamente en que se respetaría aquel trato absurdo. Me había vuelto soñadora y ya no tenía cabida en este mundo.
Al llegar a mi casa dispuse que las esclavas ayudaran a darme un baño de rosas, me perfumé el cuerpo y el cabello y maquillé los ojos con sombras egipcias, lo mismo las areolas de mis tetas y la entrada de mi flor con pintura rojiza, como a los gentiles romanos les gusta. Me puse mis más preciadas joyas y esperé. Pensaba que Viriato aún no me había olvidado y que estaba en mis manos lograr de él lo que se me antojara.¡Cuán equivocada estaba, Oh Dios¡ y demente ya que en aquella espera, sentada en la cama, me sentía una diosa aguardando a que el peregrino viniera a ofrendarme. Era, sin duda, la más bella de las mujeres de Jerusalem y el orgullo hacía que estuviera con la frente en alto y erguida, como los ídolos de los griegos. ¡Oh infernal vanidad¡ ¿cómo podía pensar en aquello si mi propósito era salvar la vida de mi maestro, del hombre enviado por vos, Adonai, a enseñarme precisamente, cuan equivocada había sido mi vida? mas, en ese momento no reparaba en la contradicción y de nuevo sentía que en razón de mi hermosura era merecedora de satisfacer todos mis deseos, incluido el de salvar a mi maestro. A las puertas del fin, ahora en este terrible momento, consciente estoy de la contradicción y a pesar de eso, tengo el pecado pegado como una garrapata en mi corazón y aún persisten, en esta espantosa agonía, dejos de vanidad que me hacen sentir satisfecha y feliz al recordar aquellos momentos como una brizna de miel que dulcifica este suplicio que vivo. ¿O sois vos, mi Dios, el que me proporciona esta miel en mis últimos instantes de vida? tal vez no sea cosa de Belzebú. Tal vez me has dado licencia para ser vanidosa en esta horrible y dolorosa soledad a modo de bebida calma-dolores para mi espíritu. Mi maestro enseñaba que sois infinitamentemisericordioso y ha de ser así.
Sonó la puerta. Era Viriato. Sus ojos refulgían pasión y lujuria y apenas quedamos solos en mis aposentos, me tomó con fuerza. No me desnudó. Ató mis muñecas por detrás de mi espalda con una soga y luego hizo lo mismo con mis codos, uno con otro, de tal forma que mis hombros quedaron estirados hacia atrás y me vi con la espalda erguida y el pecho excesivamente levantado, sobresaliendo mis tetas hacia delante; pensé, entonces, que la visión de ellas, tan paradas, lo harían rasgarme las vestiduras, mas no lo hizo. No me extrañó que me atara habida cuenta de que yo había ofrecido mi cuerpo para que dispusiera de él a su arbitrio y a que había visto a muchos romanos tener el vicio de atar a las mujeres para poseerlas. Levantó el vestido y atacó con su poderoso miembro. Viriato bufaba como un toro sobre mí que estaba acostada e incómoda por los brazos atados. Terminó pronto y cuando lo hizo me abofeteó. Mi estado de ánimo me había predispuesto a entregarme y soportar ese tipo de extravagancias, mas un rumor de voces y golpes que oí en la casa me despertó un tenebroso presentimiento. Viriato jaló de mi cabello y me arrastró fuera de la habitación. La casa estaba llena de soldados. Mis dos esclavos nubios y una de mis esclavas de servicio habían sido atravesados por las espadas. Otra esclava, atada como yo de brazos, lloraba atemorizada en un rincón. Los soldados destrozaban todos mis muebles y guardaban en sus morrales cualquier objeto que consideraran de valor. El mismo Viriato participaba en el saqueo, siendo de su preferencia las joyas y monedas de plata. Mi esclava comenzó a ser manoseada y besada por la soldadesca y sus gestos de queja o repugnancia eran respondidos con bofetadas. Yo no era tocada, ni siquiera mirada; al parecer eran órdenes de Viriato. Este arrancó mis collares y aretes apropiándoselos. Pregunté que qué significaba aquella irrupción y por toda respuesta recibí un fuerte puñetazo en el vientre que me hizo caer y encogerme en el suelo por el dolor, luego Viriato agregó una patada y me ordenó callar. Presa del terror obedecí presta y mis piernas temblaron por el miedo. Se nos colocó, a la esclava y a mí, una gruesa argolla de metal en el cuello encadenándonos a ambas y se nos hizo salir de la casa. Nos llevaron directo a la prisión del prefecto. Cuando nos iban a encerrar en una celda, uno de los soldados preguntó a Viriato si podía quedarse con la esclava. Este respondió que había que esperar órdenes.
La celda estaba oscura y su piso húmedo. Continuábamos atadas de brazos y con la argolla en el cuello; estuvimos toda la noche así y no pudimos dormir.Mientras esperaba el transcurrir de la noche reflexioné sobre lo ingenua que había sido. Me preguntaba por las causas de haber caído en esa desgracia. No acertaba a encontrar la respuesta. Yo, que estaba tan alto en la vida, tan rica y poderosa, y ahora allí en esa celda oscura. Esas palabras que el maestro me había dicho en Betania habíanme causado una locura, una confusión extraña. Después de mucho pensar concluí que todo era un castigo de vos, Adonay, por mis pecados y no os reprocho crueldad ya que a lo largo de estos años, siempre me disteis muestras y ejemplos de los resultados de una vida pecaminosa, mas yo no quise ver. La paliza de mi madre, la crucifixión de Aulo, la muerte de Plinio, los crucificados a la vera del camino; todas eran advertencias vuestras, mi Señor.
CONTINUARÁ.
jueves, 27 de mayo de 2010
EL CUENTO DE CLAUDIA (Parte 10)
Durante los 3 años que viví en Jerusalem fui la reina del placer entre los hombres poderosos y las autoridades romanas y multipliqué rápidamente mi riqueza. Terminé comprando los esclavos, joyas y vestidos que Hiram me había prestado y hube de comprar otras más para atender las crecientes necesidades de una exitosa meretriz. Quise, también, comprar la casa, para así lograr la independencia total, mas Hiram me manifestó, de forma serena y dulce, que él no era merecedor de ingratitudes y yo, conmovida, retiré mi oferta. No podía hacerle eso al hombre que me había hecho rica.
En el transcurso de esos tres años mi socio me contagió la avidez por el dinero; con él podía hacerse todo, comprarlo todo: lindos vestidos, joyas, favores de importantes personas, placer, tranquilidad, lealtad y hasta el cariño. Comprendí entonces a cabalidad, todas las enseñanzas de Hiram, mi nuevo maestro; mas el poder hacerlo todo me volvió orgullosa y más vanidosa aún y, con vergüenza, mi Señor, os confieso que cruel. Hubo hombres que se enamoraron y gastaron toda su hacienda conmigo y no obtuvieron de mí más que fugaces momentos de deleite. Cuando me lo habían dado todo yo les pagaba con un tiránico desprecio y no los volvía a admitir en mi casa. Obtuve el favor de las autoridades, las que corrieron de la calle, donde se ubicaba mi residencia, a todos los pordioseros, miserables y prostitutas de poca monta, eliminando la fealdad y la competencia a mi lenocinio de categoría. Compré jóvenes esclavas, bellas y virginales, para entregarlas a hombres mayores y lujuriosos. Comencé a usar el látigo con mis esclavos y no admití faltas ni errores. Los hombres me parecieron tontos y despreciables, casi unos niños susceptibles de ser manejados con una golosina. Me consideré a mi misma una reina con derecho a todo lo bueno de esta vida, tan sólo porque mi rostro era agradable y mi cabello y formas, hermosos. Mi fama de altiva y arrogante comenzó a extenderse por la ciudad y no obstante ello, los hombres me admiraban y rendían un tributo que hasta este amargo momento que vivo, no deja de producirme placer ¿cómo puede ocurrir eso, Adonay? ¿Acaso no puedo dejar de ser una pecadora al menos en el último momento de mi vida? ¿o es que el insoportable dolor me provoca desvaríos de demente?
Había escuchado decir a una anciana que los baños en el Mar Salado (mar Muerto) eran buenos para la salud y para la belleza del cutis y el cabello y que muchas ricas señoras, griegas y romanas, pasaban largas temporadas en ese lugar disfrutando de ellos. Se decía que se bañaban desnudas y que tomaban el sol en su ribera. Dispuse entonces una caravana para ir a ese lugar ya que deseaba embellecer aún más mi larga y brillante cabellera. El viaje era largo y duraría 4 días; yo viajaría en una litera cargada por 4 fuertes esclavos Nubios que me servían también de protección.
A la salida de Jerusalem, a la orilla del camino, había dos hombres crucificados. Estaban en dos olivos algo secos pero resistentes todavía para sostener un patíbulo con un hombre colgado de él. Tres soldados custodiaban y algunos curiosos observaban.Los dos condenados estaban totalmente desnudos, con sus vergüenzas exhibiéndose groseramente y cruzada su piel por las marcas de los latigazos. Uno de ellos estaba desmayado.El otro agitaba su pecho y abdomen de manera desesperada. Su cara estaba enrojecida y parecía poseído por la ira más que por el dolor. Insultaba a los soldados y profería groseras maldiciones al Cesar. Su actitud me produjo curiosidad y ordené detener la litera al frente de la cruz. Pregunté a un soldado sobre los condenados: eran dos Celotes subversivos que habían participado en un ataque a una columna de legionarios. Pedí que bajaran la litera y por tres monedas de plata, los soldados me dejaron observar de cerca.
En ningún momento el hombre pidió piedad. Ciertamente era orgulloso y soberbio. Los altivos y orgullosos nos reconocemos mutuamente. Me produjo una cierta admiración. Al acercarme más, el crucificado comenzó a insultarme.
-Puta de romanos, te solazas con los paganos, puta de Belzebú, pecadora infecta, traidora.
Al pronunciar sus insultos todos los músculos se le crispaban y sus venas parecían a punto de reventar provocándose, él mismo, más dolor del que padecía. Yo me reí a carcajadas delante de él y le dije,
-Sois hombre y, como tal, un tonto, por eso terminasteis ahí arriba, sin nada ni nadie- y agregué unas palabras que Hiram siempre repetía a modo de proverbio,
-El mundo no está hecho para los soñadores.
Quiso responder a mis palabras, mas exhaló un fuerte alarido que lo hizo temblar y sólo salieron de su boca unos hilos de baba. De nuevo reí y todos mis esclavos conmigo. Luego ordené reanudar el camino. Más allá había un tercer hombre crucificado, muy quejumbroso y chillón. También me detuve y pregunté por él al soldado. Este condenado era un conocido bandido que asaltaba a los peregrinos, robándoles sus pertenencias. Bajé de la litera para verlo de cerca y me quité el velo del rostro. El hombre, al estar en tal lamentable situación, desnudo, con sus partes al aire y sufriendo, y ver mi belleza y elegancia, cerró los ojos y comenzó a llorar avergonzado. De nuevo reí con crueldad y le dije,
-Parecéis una niña, jajajaja, lloráis como niña.
Cuando me estaba aprestando a continuar la marcha, el crucificado me imploró.
-Dadme agua, señora, piedad, tan sólo un poco de agua, la sed es insoportable.
Yo repliqué,
-Pedídsela a los peregrinos que transitan por aquí, a los mismos que vos robabais- y le arrojé una moneda que cayó al lado del stepe.
-Ahí tenéis una moneda ¿no os gustaba el dinero ajeno?
Luego lancé una carcajada y continué. Cada uno de aquellos hombres tenía algo que yo también tenía: orgullo y altivez el uno y codicia por el dinero el otro; mas ambos habían terminado en la cruz y yo estaba viva, era rica, bella y el mundo estaba a mis pies. Verdaderamente comprobaba que los hombres eran unos tontos.
Al día siguiente, al pasar por una aldea, cerca de Betania, nos encontramos con un carnaval de campesinos que danzaban, tocaban música y cantaban. Estaban muy alegres. Convencida estaba de que se trataba de la celebración de una boda ya que se veía que asaban un cordero y eran personas modestas. Sólo en las bodas los pastores y campesinos pobres matan corderos. Una anciana nos informó que no era nada de eso. El maestro milagrero, del que tanto se hablaba en toda La Palestina, había resucitado a Lázaro, un hombre de la localidad, muerto hacía tres días e incluso sepultado. Ese era el motivo del jolgorio. Seguí mi camino pensando en aquello y recordé al maestro que había conocido tres años atrás en Cesarea. En La Palestina abundan los maestros hacedores de prodigios. Casi había borrado de mi memoria a aquel hombre que me había dado tan generosamente la libertad. Concluí que él era el que había puesto la base de mi riqueza ya que su acto provocó mi encuentro con Hiram y, por un instante me emocioné al recordarle.
En Betania pernocté en una posada. Al amanecer, cuando nos aprestábamos a partir, una turba que pasaba cerca nuestro, distrajo mi atención. Tomaban el camino a Jerusalem. Sentí sed y le ordené a una esclava que me sirviera agua con miel. Al traerla, la sierva derramó algo del líquido por lo que la reprendí. Su contrariedad la hizo, nuevamente, derramar la hidromiel, pero esta vez sobre mi vestido lo que me enfureció. Arañé su rostro haciéndole sangrar y le di un par de bofetadas. Tomé la fusta que uno de mis esclavos tenía en la mano y descargué repetidos golpes sobre ella. La esclava, llorando, de rodillas y con la frente en el suelo pedía perdón, a lo que repliqué,
-No lloréis, esclava, sólo eso eres, una sucia esclava, no toleraré faltas de ninguna sucia esclava y.................Una voz de varón completó mis palabras diciendo,...y si se me da la gana os mando a crucificar sólo para divertirme- Me volví y vi a mi adorado maestro, detenido frente a mi, quien me observaba con la misma mirada de esa noche en la costa de Cesarea.
-¿Eso os decía Plinio?, ¿recordáis?. Judit, llamada Claudia, veo que los crucificados ya no os conmueven, ni os dan ganas de salir corriendo para no verlos sufrir; ahora os provocan carcajadas. En verdad os digo que vuestro padre al que una vez visteis también clavado del madero ahora se ahoga de tristeza al veros angustiada por el peso que lleváis sobre vuestros hombros.
CONTINUARÁ.
viernes, 21 de mayo de 2010
EL CUENTO DE CLAUDIA (Parte 9).
Después de esa noche vagué durante semanas por las calles de la ciudad como una vagabunda pordiosera, implorando mendrugos en el puerto y el mercado, estuve así hasta que me encontré con Hiram. Como a María, tampoco le reconocí al principio. Cinco monedas de plata puso en mi mano suplicante. Esa pequeña fortuna me impulsó a verlo a la cara encontrándome con ese rostro barbado y alegre que me llamaba por el nombre de Claudia. Comprendí que era Hiram, el rico mercader amigo de Plinio Claudio y que frecuentaba las fiestas de la finca. Su riqueza y generosidad eran tan impresionantes como su lascivia. Le besé los pies agradecida y le imploré me convirtiera en su esclava ya que sólo hambre y sed habían sido las consecuencias de mi libertad. Él hizo ademán de alejarse y yo le propuse con desesperación,
-Seré vuestra esclava ramera, por favor aceptadme, os suplico, tengo hambre, disponed de mi como os plazca.
Hiram me hizo ver que yo no tenía deudas para con él y que, por lo tanto, no podía ser su esclava. En todo momento sonreía y no dejaba de hablarme con cortesía, siempre había sido así, incluso en aquellas impúdicas orgías del pasado manifestaba dichos modales los que no dejaba ni siquiera en el trato con los esclavos. Dijo haberse enterado de las desgracias de mi ex-Amo Plinio y que lo sentía, que no necesitaba otra esclava y que, por sobre todas las cosas, él era un mercader que buscaba hacer una buena inversión y que ello no pasaba por comprar una esclava lujuriosa; al decir aquello soltó una gran carcajada para luego agregar que la riqueza no necesariamente se logra teniendo muchos esclavos, que su experiencia en los negocios le decía que los esclavos no generan toda la riqueza que podrían generar ya que siempre están tristes y triste no se puede trabajar de maneraproductiva. Sólo los hombres libres trabajan con ahínco porque lo que producen es para ellos mismos........al menos en parte; volvió a soltar otra carcajada cargada de ironía al decir esto.
-Os propongo un negocio, Claudia, seremos socios y obtendremos grandes ganancias. Mi ojo avizor me dice que vuestra lujuria es generadora de riquezas. Seréis mi inversión y no precisareis convertiros en mi esclava.
Me llevó a la posada donde se alojaba. Me alimentó y dio vestiduras nuevas, compró otras hermosas y me las obsequió y llegada la noche retozamos como en los pasados tiempos. Yo estaba verdaderamente agradecida y la vida volvía a sonreírme después de esas tres semanas de incertidumbre por las calles de Cesarea. Imaginé que me volvería su ramera. Lo que no comprendía era por qué no me tomaba como esclava para ello. Al amanecer me lo explicó con detalles ¡Oh Dios¡ el enemigo se viste con ropajes que impiden reconocerle en su fealdad, sus máscaras son múltiples y atractivas. Hiram era cortés, de modos suaves, muy generoso, nunca lo vi en un acto de crueldad con sus esclavos como los veía en casa de Plinio y debo confesar que gracias a él me volví rica, sin embargo era un emisario de Belzebú a través del cual fui azuzada en los pecados de la lujuria, la vanidad, la codicia y el orgullo. Hiram me llevaría a Jerusalem, gran ciudad a la que concurrían los hebreos de toda La Palestina en peregrinaje a su templo, poseedora de grandes mercados en donde griegos y árabes tenían negocios de todo tipo. Me instalaría en una cómoda casa de su propiedad, dotada con muebles y esclavos para mi servicio. Me compraría joyas y vestidos. Dijo que mis dones, lujuria y belleza harían el resto. Con lo que ganara le pagaría a él el alquiler de la casa. Mis ganancias serían tantas que ambos estaríamos contentos. El se encargaría de presentarme a ricos hombres potentados, con lo que iniciaría mi vida de meretriz de alta categoría. Mis clientes serían ricos árabes y griegos, además de autoridades del imperio. No podía dar crédito a semejante propuesta en que la inversión sería mucha al igual que el riesgo y así se lo manifesté. Hiram sólo se limitó a decir que mi juventud me impedía ver con claridad y que él tenía amplia experiencia. Esto último era verdad; Hiram ya había hecho esto con otras mujeres en ciudades como Sidón, Tiro y Cesarea con exitosos resultados.
Mi Socio, personalmente me enseñó modales, a leer en griego y arameo, fórmulas para destacar mi belleza y suscitar la lascivia de los hombres y el arte de administrar un patrimonio. Agradecida, puse el mayor empeño en aprender y ni él ni yo nos arrepentimos. Era cierto, lo pude comprobar, las personas libres generan más riqueza al saber que el fruto de su trabajo será suyo.
CONTINUARÁ.
sábado, 15 de mayo de 2010
EL CUENTO DE CLAUDIA (Parte 8).
Caminamos hasta salir de Cesarea y acampamos cerca de un arroyo que desembocaba en el mar. Allí descansé junto a las mujeres, enfermos, miserables, vagabundos y un sin número de desarrapados que seguían al maestro. Me dieron agua y pan y tratáronme con mucha solicitud. Noté que mi Amo Judas y el maestro hablaban de mí; ellos se acercaron y yo me sentí cohibida. El maestro me miró fijo y sonriendo preguntó.
-¿Cómo os llamáis?
-Judit, llamada Claudia, rabbí- contesté.
-Bien, Judit llamada Claudia; por lo pronto os quitaremos las cadenas y las argollas. Debéis descansar.
El maestro pasó su mano por mi cabello y mejilla y tuve unas irreprimibles ganas de llorar que no me expliqué. El Amo Judas, dirigiéndose al rabbí, preguntó que qué harían conmigo.
-Es una esclava apestosa y tan sólo por eso pudimos adquirirla por ese vil precio, rabbí.
-Es vuestra esclava, Judas, disponed vos- respondió el maestro.
-Pero vos dijisteis que la comprara.
-Tenéis razón, Judas, yo lo dije.
El maestro rió y de mi oreja quitó la argolla, signo de mí esclavitud y la arrojó al arroyo.
-Judit, llamada Claudia, desde ahora sois libre.
Fundí mi mirada con la de él y sentí una bondad infinita, algo que nunca antes había sentido. Tomé su mano y la besé, y luego, inclinándome, hice lo mismo con sus pies. El me levantó y repitió que debía descansar. Antes de que llegara la noche, yo me había dormido mirando la fogata que los hombres habían encendido.
La música de los flautines y panderos me despertó. La gente que seguía al maestro danzaba y batía palmas alegremente. Al incorporarme, una mujer joven pero algo mayor que yo, se dirigió a mi, saludándome. Dijo haberme visto en la casa de Plinio Claudio; entonces la reconocí. Era una de las rameras que a veces eran contratadas por el Amo o llegaban con los invitados a las orgías y fiestas que este organizaba en la finca. Al identificarme, la vergüenza se apoderó nuevamente de mi ser como cuando estaba en el atrio y las mujeres me veían con los senos desnudos. Aquella mujer, que dijo llamarse María, había sido testigo de la desenfrenada vida que llevábamos con Kupta en la finca Claudia. María notó mi contrariedad y entonces invitóme a que dejara atrás la vergüenza haciéndome ver que ella era tan pecadora como yo, sobre todo considerando que en aquella finca yo vivía como esclava y no tenía otra alternativa. Me invitó, también, a que dejara atrás la lujuria y vanidad. Según María, era fácil reconocer en mi aquellas dos debilidades ya que ella había sido igual, mas el maestro la había redimido. Dijo que era mejor seguir al maestro ya que era poseedor de una infinita sabiduría y bondad y hablaba con poderosas palabras llenas de verdad. Por la mirada de María y su vehemencia al hablar, noté que estaba ante una mujer enamorada profundamente; con lo poco que había visto del maestro me fue fácil comprender sus sentimientos. Internamente me pregunté si alguna vez María le habría seducido ya que ella era una muchacha de singular belleza.
Cuando la música y las danzas terminaron, todos se durmieron. Busqué al maestro con la mirada y lo encontré alejado de todos. Estaba despierto y al parecer elevando oraciones a vos, Adonay.
Me acerqué a él, y aprovechando el sueño de los demás, me atreví a hablarle. Deseaba agradecerle de alguna forma -de la manera que yo sabía agradecer- su gesto de generosidad para conmigo. Acaricié sus cabellos y la barba que cubría sus mejillas y me descubrí las tetas. El clavó su mirada en mis ojos sin decir ni hacer nada lo que causó mi sorpresa; nunca un hombre se había quedado así ante la visión de mis grandes y hermosos senos, todos enloquecían cuando me los descubría. Tampoco era indiferencia lo que notaba en él porque hombres indiferentes había conocido y sabía bien cómo eran; al contrario, me pareció que su mirada me penetraba en mi real desnudez, no la de la piel, sino la del alma. En realidad mis pechos y curvas de hembra sin vestidos no eran mi desnudez sino las murallas y armas que me protegían en la vida. La mirada del maestro deshizo ese baluarte y quedé ya sin defensas
Mi cabeza está con la frente inclinada hacia el suelo y de la punta de mi nariz una gota de sudor mezclada con moco está a punto de caer. No tengo la fuerza suficiente para enderezarla de modo que, haciendo un inmenso esfuerzo, giro los ojos para ver a las dos hermanas crucificadas. Una sigue desmayada; la otra, la de los pechos clavados, resopla con fuerza porque siente que el aire se le acaba y se asfixia. Puedo ver su trasero, espalda y nuca; no tengo a la vista su rostro, pero me es fácil imaginarlo: toda la cara bañada en sudor, en el cuello y la frente sus venas hinchadas, los ojos desorbitadamente abiertos al igual que la boca, tratando de captar hasta la menor brizna de aire. Viéndola por detrás, como la veo, pareciera que está siendo poseída por la cruz. La cruz, el amante de madera y duro que le extiende sus brazos a la negra, la que corresponde igualmente a su impávido deseo abriendo también los suyos y colgándose del cuello de aquel violador impasible.
miércoles, 5 de mayo de 2010
EL CUENTO DE CLAUDIA (Parte 7)
Después de 6 meses llegó desde la ciudad de Tiro, Quinto Claudio, hermano de Plinio, a reclamar la herencia que le correspondía; mas las múltiples deudas de la finca, sumado a la posibilidad de contagio, hicieron a Quinto ordenar la quema de la casa y sus utensilios y vender en pública subasta todo el resto de la propiedad. Las 5 esclavas que quedábamos fuimos llevadas a un mercado de Cesarea, en la costa de La Palestina, para ser vendidas. Nuestro precio era muy bajo considerando que veníamos de Tiberíades, de una finca afectada por la peste y pocos se interesaron en adquirirnos.
Al cabo de tres días en que fuimos ofrecidas, Kupta y las otras fueron compradas por un comerciante Cretense, de paso por el puerto de Cesarea. Me despedí de mi amiga con lágrimas y nunca más la volví a ver. Yo quedé en el mercado a la espera de un nuevo Amo y transcurrieron otros tres días, lo que hizo que el comisionista estuviera de mal humor.
La subasta se hacía en el atrio de un templo al que llegaba la multitud no sólo a participar en las subastas, sino también a curiosear. Yo estaba encadenada, con argollas en los tobillos, muñecas y cuello; previamente se me había ordenado maquillar mis ojos y las areolas y pezones de mis senos, lo que me hizo pensar me ofrecerían desnuda a los postores, mas no fue así.
Transcurrió el tiempo y nadie atendió el ofrecimiento que de mi hacía el comisionista, lo que provocó su impaciencia. En un arranque de cólera, el hombre rasgó mi vestido dejando a la vista de la multitud mis voluminosos pechos desnudos. Entonces comprendí la razón de maquillar mis pezones con pintura egipcia. De inmediato los hombres aumentaron en número y el comisionista comenzó a destacar mis virtudes físicas. Me ordenó que debía mover los hombros a fin de que las tetas colgantes oscilaran. Traté de hacerlo, pero la vergüenza me paralizó, ante lo cual el hombre descargó un fustazo en mis redondeces y él mismo, propinándome manotazos, hizo que los pechos bambolearan acompasadamente. Las mujeres que pasaban por la calle se tapaban la cara por la vergüenza ajena lo que hizo ruborizarme y sentir suma humillación.

Cuando ya las manos comenzaban de nuevo a ofrecer posturas, alguien previno a los postores de que yo venía de una finca de Galilea en que la totalidad de sus esclavos, junto a los amos, habían muerto por la peste. El entusiasmo declinó al instante, pero los hombres no se movieron y continuaron mirándome, lo que enfureció en grado sumo al comisionista que me abofeteó en las mejillas llamándome esclava apestosa.
Un hombre gordo y moreno levantó su mano y ofreció un precio. Pude oír que era el dueño de un lenocinio. No hubo otra postura. Aquel hombre estaba a punto de llevarme cuando la plaza se volvió a llenar de gente. Otra turba de mujeres y hombres pasaba por la calle encabezada por un hombre seguido de otros que parecían ser sus amigos cercanos. Todos les habrían paso con respeto. Esa otra multitud casi no se percataba de la subasta que se estaba dando en el atrio, distrayendo la atención de los postores y curiosos y, por unos segundos, yo y mis pechos fuimos olvidados. La turba advenediza siguió marchando por la calle hasta que se detuvo de improviso. El hombre que la lideraba se paró mirando al suelo, giró su cabeza y observó derecho hacia donde yo estaba; se quedó así unos segundos y luego le dijo algo al oído a uno que tenía a su lado, este se abrió paso entre la multitud expectante hasta llegar a los pies del atrio y preguntó al comisionista de qué se trataba mi exposición pública. Cuando fue satisfecha su pregunta volvió donde el otro hombre y le habló al oído; entonces hubo un revuelo entre la gente. Comenzó a recolectar monedas hasta llenar un pequeño saquito, volvió de nuevo al atrio y dijo al comisionista:

-mi nombre es Judas Iscariote y compro a esta esclava de busto prominente.
Le arrojó el saquito con monedas de plata y me tomó de las cadenas, bajándome del atrio. Mi nuevo Amo Judas cubrió la desnudez de mi torso con una manta que él llevaba sobre el hombro y me mandó que lo siguiera. Aquel fue el primer encuentro con mi maestro y una más de vuestras señales, Adonay.
CONTINUARÁ.
miércoles, 28 de abril de 2010
CUENTO DE CLAUDIA (Parte 6)
Ordenaba la cocina cuando el Amo tocó mi hombro por detrás y me ordenó seguirle. Nos dirigimos a sus aposentos. Cual no fue mi sorpresa cuando vi a Kupta tendida en la cama de Plinio, adornada con todas sus joyas y desnuda; para ella la sorpresa fue mayor al verme entrar detrás de nuestro dómino. Hizo un mohín de fastidio que fue sancionado al instante; él comenzó a estrangularla por el cuello hasta casi hacerla perder el conocimiento. Cuando ya estaba al límite, la soltó y asestó un fuerte cachetazo sobre su rostro.
-No quiero malas caras, ¿oísteis, esclava?
Kupta hubo de responder afirmativamente con la cabeza. Cuando nos tuvo a ambas desnudas, frente a frente, nos mandó tocarnos mutuamente el sexo, miramos a nuestro dueño y él se limitó a enrostrarnos nuestros secretos vicios. Lo hicimos delante de él y, conforme a sus instrucciones, hubimos de agregar besos en la boca y caricias en las tetas lo que jamás habíamos hecho en nuestros juegos. Luego se incorporó él, formando los tres un triángulo digno de un nido de serpientes.
Después de ese hecho Kupta lloró desconsolada lo que me apenó ya que estaba bebiendo el mismo amargo trago que yo había bebido antes. Nos reconciliamos y lloramos juntas nuestras aflicciones para confesarnos, posteriormente, que el episodio nos había sido placentero a pesar de todo.
Si bien el desorden y la desidia de los esclavos de la finca habían terminado con el escarmiento que significó la crucifixión de Aulo, no fue así con el mismo Plinio Claudio quien se entregó a la pereza y a constantes orgías y fiestas donde se gastaba su patrimonio en vino, rameras y comida.
Cuando Kupta y yo cumplimos 17 años, el Amo nos incorporó a sus periódicas juergas a las que asistían autoridades locales, ricos hacendados, ganaderos y mercaderes, así como prostitutas, jóvenes sirvientes y saltimbanquis contratados. En esas fiestas dimos rienda suelta a nuestra lubricidad y aprendimos lo que para mi eran los secretos que ocultaban los pecadores. El vino nos desinhibía sin que el Amo tuviera necesidad de sus terribles amenazas. Bailábamos desnudas al ritmo de la música de los panderos, moviendo nuestros vientres y pechos para el placer de esos maduros y poderosos hombres gordos. El trasero de ébano de Kupta y mis grandes y ubérrimos pechos volvían locos a aquellos lujuriosos que nos colmaban con joyas y regalos para estimular nuestra pecaminosa conducta. Nos sentimos, en cierta forma, poderosas en nuestra hermosura de hembras y en realidad lo éramos. Más de alguna vez, hombres que frecuentaban las orgías desataban pasiones por nosotras, enamoramientos que solamente eran un engaño de Belzebú para que dilapidaran su dinero y deterioraran su cuerpo. Éramos las ministras del enemigo y los hombres nos rendían culto como a ídolos de piedra. No era felicidad lo que experimentábamos, mi Dios, no se parecía en nada a cuando vivía con mi familia o cuando estaba viva el Ama Marcia, mas nos gustaba y nos volvía eufóricas en una exaltación de vida que por debajo llevaba tan sólo tristeza y muerte. Aprendimos a degustar cosas que nunca nos imaginamos poder hacer como beber la líquida y blanca simiente de los machos delante de todos, hartarnos con vino o dejarnos poseer por una docena de hombres consecutivamente y a la vista de los restantes que esperaban su turno. Nos convertimos en animales ávidos sólo de satisfacer nuestros deseos más inmediatos y ruines.
El despilfarro de la hacienda era enorme mientras en toda Galilea la peste continuaba cobrando víctimas sin distinción de nación, riqueza u origen. Muchos esclavos de la casa murieron, mas al tener cerca a la muerte, el desenfreno de nuestras vidas nos llevaba por derroteros directos al infierno. Decidimos con Kupta asumir nuestra condición de lujuriosas mujeres perdidas y nos olvidamos definitivamente de vos, Adonay. No nos importó el desprecio del resto ya que vivíamos en la casa de un rico funcionario del César y nos creímos compartiendo su poder. Toda la euforia que experimentaba Plinio Claudio no era más que una forma de vivir su soledad y melancolía y cuando no se encontraba alegre era un tirano cruel que no toleraba deslealtades reprimiendo con sangre cualquier falta o desobediencia de sus esclavos, lo que era válido también para nosotras. Siguieron las orgías, siguieron huyendo esclavos y muriendo otros de peste y siguió el empobrecimiento suicida de Plinio hasta que un día el Amo ya no pudo levantarse de la cama preso de las fiebres. La peste lo había alcanzado y su piel se llenó de pústulas desagradables a la vista. Los esclavos no quisieron atenderlo y huyeron temerosos del contagio. Se había quedado solo. En un intervalo de lucidez nos prohibió que entráramos a sus aposentos. Su orgullo y soberbia de romano le hacía insoportable que lo vieran en ese estado y terminó abriéndose la venas con su daga; cuando ello ocurrió hubo otra fuga de esclavos y quedamos en la finca 3 mujeres, Kupta y yo.Quemamos el cuerpo de nuestro Amo Plinio Claudio en una pira a la usanza pagana ya que esa fue su última voluntad.
CONTINUARÁ.