Estoy limpiando los muebles de mi casa, sacando el polvo acumulado encima mientras escucho música en este día Domingo y basta que vea mi libreta de notas (donde anoto mi encuentro contigo) para que vuelva a experimentar una erección; otra vez esa imagen de la noche anterior. Tu cara afligida, tu cuello, tu cuerpo desnudo botado en el suelo y aprisionado por muchas cuerdas con un bondage parecido al japonés; tus brazos por detrás de la espalda, doblados y oprimidos y lo mismo tus piernas. Por todos los rincones, hay una cuerda torturante; por tu vulva, entremedio de tus nalgas, sobre ellas, alrededor de tu cuello, de tus enormes pechos ahora extrangulados, apretando varias veces tu vientre, juntando un tobillo contra el otro. Te he transformado en un paquete vivo y quejumbroso. No te puedes mover, casi. Pongo mi pie desnudo sobre tu cara, paso el dedo gordo encima de la frente y nariz . ¡Por Dios¡, ¡que linda te encuentro¡
Dejo el aseo y me meto al baño, me refriego furiosamente el glande que desde anoche no ha dejado de estar húmedo. Claudia, Claudia, la foto que siempre veo cuando chateamos, la foto de tu rostro, Claudia, aparece en mi mente y es la más porno e insoportablemente erótica de las proyecciones, Claudia; Claudia hecha gusano humano, Claudia humillada en el suelo, adorable, quiero que tu mejilla sienta la mía, quiero hundirte mi dedo índice en el ombligo, tirarte de los pezones, saborear los jugos de tu entrepierna. Dejo de pajearme, no quiero eyacular (desde que nos separamos no lo hago) para que no desaparezca tu imagen que este fin de semana a sido mi fiebre. Continuo con el aseo de los muebles.
«Ojos azules»: Maurice Level; relato y análisis.
Hace 4 días