miércoles, 5 de mayo de 2010

EL CUENTO DE CLAUDIA (Parte 7)

"SUBASTA PÚBLICA."

Después de 6 meses llegó desde la ciudad de Tiro, Quinto Claudio, hermano de Plinio, a reclamar la herencia que le correspondía; mas las múltiples deudas de la finca, sumado a la posibilidad de contagio, hicieron a Quinto ordenar la quema de la casa y sus utensilios y vender en pública subasta todo el resto de la propiedad. Las 5 esclavas que quedábamos fuimos llevadas a un mercado de Cesarea, en la costa de La Palestina, para ser vendidas. Nuestro precio era muy bajo considerando que veníamos de Tiberíades, de una finca afectada por la peste y pocos se interesaron en adquirirnos.
Al cabo de tres días en que fuimos ofrecidas, Kupta y las otras fueron compradas por un comerciante Cretense, de paso por el puerto de Cesarea. Me despedí de mi amiga con lágrimas y nunca más la volví a ver. Yo quedé en el mercado a la espera de un nuevo Amo y transcurrieron otros tres días, lo que hizo que el comisionista estuviera de mal humor.
La subasta se hacía en el atrio de un templo al que llegaba la multitud no sólo a participar en las subastas, sino también a curiosear. Yo estaba encadenada, con argollas en los tobillos, muñecas y cuello; previamente se me había ordenado maquillar mis ojos y las areolas y pezones de mis senos, lo que me hizo pensar me ofrecerían desnuda a los postores, mas no fue así.
Transcurrió el tiempo y nadie atendió el ofrecimiento que de mi hacía el comisionista, lo que provocó su impaciencia. En un arranque de cólera, el hombre rasgó mi vestido dejando a la vista de la multitud mis voluminosos pechos desnudos. Entonces comprendí la razón de maquillar mis pezones con pintura egipcia. De inmediato los hombres aumentaron en número y el comisionista comenzó a destacar mis virtudes físicas. Me ordenó que debía mover los hombros a fin de que las tetas colgantes oscilaran. Traté de hacerlo, pero la vergüenza me paralizó, ante lo cual el hombre descargó un fustazo en mis redondeces y él mismo, propinándome manotazos, hizo que los pechos bambolearan acompasadamente. Las mujeres que pasaban por la calle se tapaban la cara por la vergüenza ajena lo que hizo ruborizarme y sentir suma humillación.

La turba de hombres comenzó a gritar groserías y yo cerré los ojos, mas cuando el vocerío fue en aumento, debo deciros, mi Señor, que dicho rumor de machos deseosos me gustó. Me sentí admirada y por sobre esa multitud como si estuviera en una jerarquía superior a todos ellos y sobre todo, a aquellas mujeres que me miraban avergonzadas. La brisa que sentí en la piel de mis pechos fue como la confirmación de que era una reina para esos hombres. No supe ver que ese era un regalo del enemigo, del cual pronto vos volveríais a ponerme en alerta.

Cuando ya las manos comenzaban de nuevo a ofrecer posturas, alguien previno a los postores de que yo venía de una finca de Galilea en que la totalidad de sus esclavos, junto a los amos, habían muerto por la peste. El entusiasmo declinó al instante, pero los hombres no se movieron y continuaron mirándome, lo que enfureció en grado sumo al comisionista que me abofeteó en las mejillas llamándome esclava apestosa.

Un hombre gordo y moreno levantó su mano y ofreció un precio. Pude oír que era el dueño de un lenocinio. No hubo otra postura. Aquel hombre estaba a punto de llevarme cuando la plaza se volvió a llenar de gente. Otra turba de mujeres y hombres pasaba por la calle encabezada por un hombre seguido de otros que parecían ser sus amigos cercanos. Todos les habrían paso con respeto. Esa otra multitud casi no se percataba de la subasta que se estaba dando en el atrio, distrayendo la atención de los postores y curiosos y, por unos segundos, yo y mis pechos fuimos olvidados. La turba advenediza siguió marchando por la calle hasta que se detuvo de improviso. El hombre que la lideraba se paró mirando al suelo, giró su cabeza y observó derecho hacia donde yo estaba; se quedó así unos segundos y luego le dijo algo al oído a uno que tenía a su lado, este se abrió paso entre la multitud expectante hasta llegar a los pies del atrio y preguntó al comisionista de qué se trataba mi exposición pública. Cuando fue satisfecha su pregunta volvió donde el otro hombre y le habló al oído; entonces hubo un revuelo entre la gente. Comenzó a recolectar monedas hasta llenar un pequeño saquito, volvió de nuevo al atrio y dijo al comisionista:

-mi nombre es Judas Iscariote y compro a esta esclava de busto prominente.
Le arrojó el saquito con monedas de plata y me tomó de las cadenas, bajándome del atrio. Mi nuevo Amo Judas cubrió la desnudez de mi torso con una manta que él llevaba sobre el hombro y me mandó que lo siguiera. Aquel fue el primer encuentro con mi maestro y una más de vuestras señales, Adonay.

CONTINUARÁ.

miércoles, 28 de abril de 2010

CUENTO DE CLAUDIA (Parte 6)

"LUJURIA Y DESENFRENO."

Ordenaba la cocina cuando el Amo tocó mi hombro por detrás y me ordenó seguirle. Nos dirigimos a sus aposentos. Cual no fue mi sorpresa cuando vi a Kupta tendida en la cama de Plinio, adornada con todas sus joyas y desnuda; para ella la sorpresa fue mayor al verme entrar detrás de nuestro dómino. Hizo un mohín de fastidio que fue sancionado al instante; él comenzó a estrangularla por el cuello hasta casi hacerla perder el conocimiento. Cuando ya estaba al límite, la soltó y asestó un fuerte cachetazo sobre su rostro.

-No quiero malas caras, ¿oísteis, esclava?
Kupta hubo de responder afirmativamente con la cabeza. Cuando nos tuvo a ambas desnudas, frente a frente, nos mandó tocarnos mutuamente el sexo,  miramos a nuestro dueño y él se limitó a enrostrarnos nuestros secretos vicios. Lo hicimos delante de él y, conforme a sus instrucciones, hubimos de agregar besos en la boca y caricias en las tetas lo que jamás habíamos hecho en nuestros juegos. Luego se incorporó él, formando los tres un triángulo digno de un nido de serpientes.
Después de ese hecho Kupta lloró desconsolada lo que me apenó ya que estaba bebiendo el mismo amargo trago que yo había bebido antes. Nos reconciliamos y lloramos juntas nuestras aflicciones para confesarnos, posteriormente, que el episodio nos había sido placentero a pesar de todo.
Si bien el desorden y la desidia de los esclavos de la finca habían terminado con el escarmiento que significó la crucifixión de Aulo, no fue así con el mismo Plinio Claudio quien se entregó a la pereza y a constantes orgías y fiestas donde se gastaba su patrimonio en vino, rameras y comida.
Cuando Kupta y yo cumplimos 17 años, el Amo nos incorporó a sus periódicas juergas a las que asistían autoridades locales, ricos hacendados, ganaderos y mercaderes, así como prostitutas, jóvenes sirvientes y saltimbanquis contratados. En esas fiestas dimos rienda suelta a nuestra lubricidad y aprendimos lo que para mi eran los secretos que ocultaban los pecadores. El vino nos desinhibía sin que el Amo tuviera necesidad de sus terribles amenazas. Bailábamos desnudas al ritmo de la música de los panderos, moviendo nuestros vientres y pechos para el placer de esos maduros y poderosos hombres gordos. El trasero de ébano de Kupta y mis grandes y ubérrimos pechos volvían locos a aquellos lujuriosos que nos colmaban con joyas y regalos para estimular nuestra pecaminosa conducta. Nos sentimos, en cierta forma, poderosas en nuestra hermosura de hembras y en realidad lo éramos. Más de alguna vez, hombres que frecuentaban las orgías desataban pasiones por nosotras, enamoramientos que solamente eran un engaño de Belzebú para que dilapidaran su dinero y deterioraran su cuerpo. Éramos las ministras del enemigo y los hombres nos rendían culto como a ídolos de piedra. No era felicidad lo que experimentábamos, mi Dios, no se parecía en nada a cuando vivía con mi familia o cuando estaba viva el Ama Marcia, mas nos gustaba y nos volvía eufóricas en una exaltación de vida que por debajo llevaba tan sólo tristeza y muerte. Aprendimos a degustar cosas que nunca nos imaginamos poder hacer como beber la líquida y blanca simiente de los machos delante de todos, hartarnos con vino o dejarnos poseer por una docena de hombres consecutivamente y a la vista de los restantes que esperaban su turno. Nos convertimos en animales ávidos sólo de satisfacer nuestros deseos más inmediatos y ruines.
El despilfarro de la hacienda era enorme mientras en toda Galilea la peste continuaba cobrando víctimas sin distinción de nación, riqueza u origen. Muchos esclavos de la casa murieron, mas al tener cerca a la muerte, el desenfreno de nuestras vidas nos llevaba por derroteros directos al infierno. Decidimos con Kupta asumir nuestra condición de lujuriosas mujeres perdidas y nos olvidamos definitivamente de vos, Adonay. No nos importó el desprecio del resto ya que vivíamos en la casa de un rico funcionario del César y nos creímos compartiendo su poder. Toda la euforia que experimentaba Plinio Claudio no era más que una forma de vivir su soledad y melancolía y cuando no se encontraba alegre era un tirano cruel que no toleraba deslealtades reprimiendo con sangre cualquier falta o desobediencia de sus esclavos, lo que era válido también para nosotras. Siguieron las orgías, siguieron huyendo esclavos y muriendo otros de peste y siguió el empobrecimiento suicida de Plinio hasta que un día el Amo ya no pudo levantarse de la cama preso de las fiebres. La peste lo había alcanzado y su piel se llenó de pústulas desagradables a la vista. Los esclavos no quisieron atenderlo y huyeron temerosos del contagio. Se había quedado solo. En un intervalo de lucidez nos prohibió que entráramos a sus aposentos. Su orgullo y soberbia de romano le hacía insoportable que lo vieran en ese estado y terminó abriéndose la venas con su daga; cuando ello ocurrió hubo otra fuga de esclavos y quedamos en la finca 3 mujeres, Kupta y yo.Quemamos el cuerpo de nuestro Amo Plinio Claudio en una pira a la usanza pagana ya que esa fue su última voluntad.
CONTINUARÁ.

jueves, 15 de abril de 2010

EL CUENTO DE CLAUDIA (Parte 5)


"CASTIGO CRUEL."

El horroroso alarido de la Nubia clavada en los pechos me saca de mis recuerdos. Su hermana se ha desmayado y le chorrean por sus piernas algunos restos de heces y orina; sin duda ser débil es una bendición en la cruz y su desmayo constituye una tregua para su tormento. La otra negra es más fuerte y, a pesar de la tortura adicional de los clavos en sus tetas, se debate en un trance de dolor y angustia; lucha, agita la cabeza, resopla con furia, baja y levanta su gigante culo mientras las gotas de sudor, que corren hacia abajo, le abrillantan su morena y fina espalda de Nubia.
-DADME LA MUERTE- suplica llorando.
-AGUA, POR FAVOR, AGUA, PIEDAD, DADME AGUA.
Como los soldados ya se fueron no le darán agua; ella no lo sabe aún, pero así es mejor ya que el final no se dilata tanto. Por lo demás, no le habrían dado de beber agua sino las orinas del caballo o las de los soldados, lo que a su vez habría aumentado su insufrible sed; yo lo sé, ya pasé por eso, tanta era la sequedad de mis labios y garganta que no me importó beber esa porquería, mas el suplicio de la sed se multiplicó por veinte. Ahora ya no necesito agua, no me importa la sed, el fin está a un paso, no tengo casi fuerzas para abrir los ojos. ¡cuánta soledad hay en la agonía¡ pero siempre estuvo esa soledad conmigo, salvo cuando vivían mis padres y luego con Kupta y mi Ama Marcia.
A la muerte de su mujer, Plinio Claudio entristeció profundamente y su indiferencia para con los esclavos fue en aumento. Dejó sus labores de magistrado y su trabajo en la finca, no salía de sus aposentos, no se aseaba y se lo pasaba bebiendo vino o durmiendo. Más esclavos murieron de peste y el desorden cundió dentro de la casa; otros más audaces huyeron; al Amo no le importó. Ahora comprendo, Señor, que esa era vuestra mano severa para enseñarme que la lujuria a nada conduce y que es castigada por vos.
Una noche, una fuerte mano me sacó de mi camastro, me ató la boca para que mis gritos no se escucharan y fui arrastrada por el piso hasta afuera de la casa. Fui atada a un árbol y se me arrancaron las vestiduras. La luz de la luna llena me reveló la cara furiosa de Aulo, el esclavo de las caballerizas. Estaba poseído por la ira y la lujuria a la vez. Me abofeteó repetidas veces en la cara y mis pechos fueron estrujados con verdadera saña. Dijo que me haría pagar los azotes recibidos, pero que antes, me poseería; lo hizo con verdadera brutalidad vengativa. En esa oportunidad fui desflorada y hube de conocer a mi primer hombre en esa sombra de dolor. Aulo me babeaba en el cuello y mis pechos, he ahí la primera muestra que tuve de la locura que mis tetas causaban en la lascivia de los hombres; parecía descontrolado, casi un niño y vislumbré, por un instante, la vulnerabilidad de los machos.
-Sé que os gusta, golfa, he visto lo que hacéis con la Etíope, cómo os tocáis.
Sin duda, al descubrir nuestros juegos, Aulo había caído presa de los apetitos que Belzebú sabe despertar en los hombres, he ahí la causa de la locura concupiscente que lo atacaba. Me seguía abofeteando hasta que descargó un puñetazo en mi blando vientre. Todo el aire salió de mis pulmones y caí de rodillas, desesperada por no poder reanudar la respiración. Aulo levantó su corta túnica griega, y vi por primera vez, las vergüenzas de un hombre, me parecieron horribles; era como una pequeña alimaña que tuviera pegada a su cuerpo, con vida propia y erguida para hacerme daño.
-Metedla en vuestra boca, golfa.
Me resistí, mi señor, vos lo sabéis, pero su mano apretó mi garganta cuando aún no me recuperaba del golpe en el vientre. Por unos instantes, con la lengua y mi nariz, alcancé a sentir el sabor y también el hedor de ese miembro. De improviso, mi violador cayó al suelo, un golpe en la cabeza le había derribado. El Amo Plinio, armado con una daga, le asestó una punzada en el muslo y ordenó a otros dos esclavos, que venían con él, que le encadenaran y encerraran. El Amo cubrió mi cuerpo con la túnica y me llevó dentro de la casa. Fue amable como nunca lo había sido y me extrañó. Kupta y yo no existíamos para él y ni nos miraba.
Al amanecer, los pocos esclavos que quedábamos en la finca, fuimos convocados en los jardines por Plinio quien nos señaló que aún seguía siendo el dómino de esa propiedad y que no toleraría desórdenes, ni deslealtades de ningún sucio esclavo. Nuevamente, Adonay, me disteis una muestra de cómo terminaría mi vida y de las consecuencias que la lascivia acarrea a las personas.
Aulo fue traído a nuestra presencia. Estaba muy asustado y agotado por la herida y el haber estado toda la noche encadenado. Le rasgaron las vestiduras para luego quemarlas. Nuevamente, y a la luz del día, hube de mirar el sexo masculino, mas ya no me parecía repugnante ni temible, por el contrario, me inspiró compasión al ver a Aulo despojado de todo y pronto a ser despojado además, y de una manera afrentosa y dolorosa, de su vida. Parecía un pollo desplumado. Fue atado a un árbol para ser azotado brutalmente en la espalda, luego se le cambió de posición para seguir el vapuleo por delante. Cuarenta latigazos fueron en total. Lloraba y chillaba como un niño. A cada golpe imploraba piedad, mas Plinio Claudio, fue inflexible como siempre. Cuando la azotaina terminó fue acostado en el suelo, de espaldas, para ser clavado al patíbulo en las muñecas, luego levantado y puesto en el árbol que se encontraba en el centro del jardín. Su tronco hizo de stepe o poste vertical y en él sus tobillos quedaron clavados y con las piernas flectadas. El sanguinario espectáculo me hizo cerrar los ojos y llorar, y quise salir corriendo, mas el Amo, como la vez anterior, me obligó a quedarme y remarcó para los demás que ningún esclavo se movería hasta que Aulo estuviera muerto. Los aullidos del crucificado me destrozaron por dentro y recordé la atroz muerte de mis padres. Ahora veo con claridad, Adonay, que mi congoja de ese momento se debía a que vos me rebelabais el futuro que me esperaba.
Los gritos duraron media hora hasta que cesaron cuando Aulo se desvaneció. Su agonía duró todo el día y expiró al atardecer. Su cuerpo fue bajado y Plinio ordenó que fuera tirado en el basural de la ciudad de Tiberíades sin sepultura, sin mortaja y desnudo para que fuera devorado por las ratas y los buitres. Tuvisteis mejor suerte que yo, Aulo, ya que a mi me dejarán colgada aquí y mi cuerpo se corromperá y será comido por las aves a la vista de todos los que transiten por el camino que pasa por el basural de Jerusalem. Como no seré sepultada, no iré al Seol y vagaré sin tener rumbo como es la suerte de todos los insepultos. Tal vez nos encontremos en nuestro divagar, Aulo, y si así sucede yo os pediré perdón y os perdonaré por lo que me hicisteis.
Durante el suplicio, Aulo nos acusaba, a Kupta y a mi, de ser golfas y de tocarnos las vergüenzas mutuamente. Ambas sentimos temor de que el Amo nos castigara también; después de todo, no obstante ser pagano e idólatra, el Amo deseaba reestablecer el orden y la autoridad en la finca y nuestra impudicia, al igual que la de Aulo, era un atentado a ese orden. Plinio nos miró con un rostro inexpresivo. Nada aconteció y respiramos aliviadas. Al día siguiente de la crucifixión, fui llamada por Plinio a sus aposentos. Me ordenó quitarme la ropa y luego explicó que la violación de que había sido víctima no representaba lo que era un hombre, al menos no uno como él, un patricio romano y no un bárbaro sucio y cobarde esclavo como Aulo. Me dijo que practicaría conmigo los jugueteos del amor y que no tuviera miedo. Si resultaba satisfecho me recompensaría.
Al comenzar a acariciar mi piel, instintivamente traté de esquivarle a lo que él reaccionó jalándome del cabello y advirtiendo que no toleraría insubordinaciones de ningún otro esclavo. Yo me dejé hacer y, la verdad mi Dios, con vergüenza he de confesar que me gustó. Fue tierno y delicado, nada bruto como Aulo; me colmó de besos y de suaves caricias por todo el cuerpo. Sobajeó mi flor y la lamió con destreza y cuidado. Por primera vez experimenté el deseo de ser poseída y puedo decir con propiedad que Plinio Claudio fue mi primer amante. Este hecho se repitió muchas veces y fui recompensada con joyas y vestidos romanos que me hacían ver bella y destacar mi figura. Plinio puso a dos esclavas de la finca para mi servicio personal. Ya me sentía la matrona de la casa cuando descubrí, un día, que mi Amo también llamaba a sus aposentos a Kupta para hacerle el amor. Un rostro descompuesto debo haber revelado cuando los encontré en su cama ya que Plinio se acercó a mi y me abofeteó. Rasgó mi vestido dejando un pecho descubierto y retorciendo, con sus dedos, mi pezón dijo:
-Nunca oséis interrumpirme, sucia esclava. Sólo eso sois, una sucia esclava y si me da la gana os mando a crucificar tan sólo para divertirme.
Esa fue otra de vuestras advertencias, mi Dios, otro remezón para que entendiera como pecaba al ser vanidosa. La tristeza me embargó y lloré amargamente. Por mucho tiempo no fui llamada a los aposentos y Kupta comenzó a lucir las joyas, vestidos y tocados elegantes que yo antes gozara. Ya no hablábamos y nos olvidamos de orarte, Adonay. Cuando pensé que perdía a mi hermana la hube de recuperar gracias al mismo Plinio Claudio y su tiranía.
CONTINUARÁ.

miércoles, 7 de abril de 2010

EL CUENTO DE CLAUDIA (Parte 4)

"ESCLAVA".

Me vendieron como esclava, en un mercado de Tiro, al magistrado Plinio Claudio; fue así como llegué a Tiberíades a la finca de mi Amo, muy cerca del lugar donde había nacido. Fui destinada al servicio personal de la mujer de Plinio, Marcia, la que casi de inmediato me acogió como si fuera su hija. Plinio Claudio amaba a Marcia y procuraba satisfacerla en todo, habían tenido dos hijos, pero ambos habían muerto en batalla sirviendo al César, por esta razón los amos tenían un carácter triste y sombrío. Mi presencia alegró la vida de Marcia ya que para eso fui comprada por su marido, mas el propio Plinio fue indiferente conmigo como lo era con todos los esclavos los que no pasaban de ser, para él, criaturas despreciables y meras cosas de su propiedad.
Marcia me vistió con ropas y tocados romanos que me parecieron hermosos, haciéndome pensar que la vida de esclava no era tan abominable. Fui feliz con mi Ama y ella conmigo, tanto así que comenzó a llamarme por el nombre de Claudia y cuando cumplí catorce años, y "bajó mi sangre", le pidió a su marido que me manumitiera y fuera adoptada como su hija haciéndome ciudadana de Roma; ese fue el único deseo que Plinio negó a su mujer siendo inflexible, a mí no me importó ya que era feliz con lo que tenía sirviendo a mi Ama Marcia y no era de mi interés transformarme en romana. Mi trabajo era agradable, mi ama me amaba, vestía bellos ropajes, andaba perfumada y limpia, y se me permitía orar a vos, Adonay, el Dios de mis padres; no imaginaba una vida mejor que esa. Secretamente seguía tocándome en mis momentos de soledad…….. todo era perfecto.
En el servicio de la casa había otra esclava, Kupta la Etíope. Su piel era oscura y su cabello brillante, largo y ensortijado; era silenciosa, de mirada enigmática; teníamos la misma edad. Kupta era extraña para mí y me inspiraba desprecio el saber que venía de un país tan lejano. La gente decía que los habitantes del sur de Egipto, de más allá del país de Nubia, eran similares a los animales, andaban desnudos y adoraban toda clase de ídolos y demonios.Un día Kupta me sorprendió tocándome, sólo me miró y nada dijo. Recordé la paliza que a los diez años había recibido de mi madre y temí me denunciara al Ama. En realidad no sabía qué pensaban los romanos ante ese tipo de pecados; para mi pueblo, por el hecho de ser gentiles y paganos, los romanos eran vistos como pecadores y se comentaba que en sus ciudades de occidente, en especial Roma, la sodomía y la lubricidad eran abundantes, mas yo nunca vi nada corrupto en la casa de los Claudio (al menos en aquella época) salvo los ídolos a los cuales oraban y ofrendaban. Kupta no me delató y me preguntaba la razón de ello.

En las caballerizas trabajaba Aulo, un esclavo de 20 años que siempre me miraba. Pronto hube de saber que sus miradas brillantes eran de lujuria.
En la tarde, después de mis labores, me permitían pasear por la finca; en una oportunidad me acerqué a las caballerizas y un ruido despertó mi curiosidad; detrás de una gavilla Aulo apretaba el cuello a Kupta con sus manos, casi ahogándola, mientras le arrancaba la túnica, babeándole la cara y los pechos. Fui presa del miedo y salí corriendo de ese lugar. Al llegar a la casa denuncié el hecho con el Ama quien le ordenó a dos esclavos que fueran a ver. Cuando Plinio Claudio se enteró, dispuso que Aulo recibiera veinte azotes en presencia de todos los esclavos de la casa.


Al tercer golpe el joven Aulo comenzó a llorar como un niño, rogando que se detuvieran. Cada azote significaba un surco sanguinolento en su desnuda piel lo que me hizo retirar la mirada. Plinio, al advertir mi estupor, me ordenó con un gesto severo, que debía ver el castigo. Ya me estabais enseñando, Adonay, cual es el duro precio que ha de pagarse por la lujuria, mas vuestra sierva no supo o no quiso ver.
Después de estos acontecimientos encontré en Kupta a una amiga; este lazo se estrechó gracias a dos coincidencias que nos hizo sentir que éramos hermanas. La descubrí, una noche, orando y repitiendo la misma fórmula que mis padres me habían enseñado para invocaros, mi señor. Le pregunté por aquello y entonces me reveló que oraba al Dios de sus padres. Cual no fue mi sorpresa al saber que el Dios de sus padres era el dios de Abraham, es decir vos, mi Señor. ¿Cómo podía ser aquello? ¿Quién se lo había enseñado a ella, una etíope?. Me dijo que era el Dios de su país. Yo me extrañé, mas le creí y desde ese día ya no traté a Kupta como idólatra sino como a una hermana de raza. A pesar de su devoción a vos, sus costumbres seguían siendo extrañas y practicaba ciertas blasfemias como hablar a sus antepasados. La otra coincidencia que nos unió fue el misterio concupiscente de nuestras tocaciones en la vulva; Kupta me confesó que lo hacía desde los 9 años; aquello fue como poner fin a la soledad que sentía. Al igual que yo, mi nueva amiga había observado a los animales hacerlo, mas ella no daba tanta importancia a su falta como yo hacía, decía que en ciertas regiones de su país se castraba a las mujeres como al ganado, apenas la sangre bajaba, a fin de que nunca más pudieran sentir aquel deleite. Eso me pareció cruel y atemorizante.
Desde que descubrimos nuestras coincidencias, todas las noches y antes de comer, orábamos acompañándonos e incluso -vos ya lo sabéis, mi Dios- pecábamos juntas con lo de las tocaciones. Nunca más estuvimos separadas y mi dicha fue en aumento, mas dichos pecados no los dejasteis pasar y vuestra mano castigadora pronto se dejó caer como se dejaría caer en múltiples ocasiones sin que yo escarmentara y aprendiera a contener mi lubricidad.Un día Kupta acarició mis vergüenzas, yo le devolví su dulce ternura haciendo lo mismo en su vulva ¡que delicioso era aquello¡. Soñé que viviría por siempre con Kupta, mi nueva hermana, en este hogar y que el Ama Marcia sería desde ahí y para siempre, nuestra solícita madre. Esta situación se mantuvo por tres años más hasta que nuestra Ama enfermó; contrajo la peste que se había extendido por toda Galilea y que ya se había llevado a 5 esclavos de la finca. El Ama murió padeciendo fiebres y desvaríos, sumiéndonos a Kupta y a mí en una profunda melancolía.
CONTINUARÁ.

jueves, 1 de abril de 2010

EL CUENTO DE CLAUDIA (Parte 3).

"INFANCIA".

Vos sabéis, Adonay, que apenas amanecía y yo iba en busca de agua al pozo, el enemigo se aparecía ante mí recordándome lo dulce de las sensaciones de la entrepierna, era como tener un agradable sueño sin estar dormida o como flotar por los cielos. Ya no me interesaron los juegos bruscos con mi hermano y tuve aquella entretención privada y exclusiva para mí. Sospechaba, mi Dios, que era algo que os desagradaba. No ignoraba que tocarse el cuerpo de esa manera era un pecado. Había escuchado historias de mujeres perdidas y hombres degenerados de las ciudades, del mundo del vicio y la corrupción, de la perdición de otros pueblos y naciones y de los gentiles y griegos idólatras; todo un mundo oscuro y que me parecía lejano. Este era mi secreto y nadie lo sabría, viviría así por siempre, con mi deleite solitario y que me hacía feliz. Pero, mi Señor, vos me hicisteis saber que te era abominable y que yo era una perdida. Mi madre me descubrió un día en el campo cuando disfrutaba en soledad y con las piernas desnudas y abiertas de forma indecente. Su furia me aterrorizó y, desnuda, debí sufrir mi primera azotaína, preludio minúsculo y anticipado de la que me darían antes de ser crucificada. Con la rama delgada de un árbol me golpeó hasta cansarse haciéndome pedir piedad; en ese momento os pedí, Adonay, que me quitarais la vida para no experimentar aquella vergüenza, mas vos no lo hicisteis, dándome mi merecido. Mi madre dijo que ese era el primer paso para ser una golfa y que todo era culpa de lo consentida que estaba por mi padre. El miedo se apoderó de mí ante la perspectiva de ser acusada ante él, no tanto por temor al castigo físico como por la pena que le causaría; es más, estoy cierta de que no me habría golpeado, pero eso aparecía ante mis ojos más terrible todavía. Sin embargo mi madre no me denunció y nunca volvió a hablar sobre el asunto. Pasó mucho tiempo antes de que volviera a tocarme de nuevo y cada vez que lo hacía no podía dejar de sentir culpa y deleite a la vez.
Observé a los animales del campo y reparé en su lubricidad, en el frotamiento que hacían de sus partes nobles, todos lo hacían, todos disfrutaban del deleite: caballos, perros, cabras, ovejas y hasta las aves. Comprendí que era ése cosquilleo, el mismo que yo sentía, el que los motivaba y comprendí también que esa naturaleza animal era la que hacía pecadoras a las personas.

Las esporádicas salidas de mi padre a cazar aumentaron en número y ahora, junto a su arco y flechas, le acompañaba una espada corta de hierro. La causa de la patria era importante para él, se había unido al partido Celote y participaba en sus actividades subversivas en contra del invasor, mas mi familia hubo de pagar caro su patriotismo. Un día, una tropa de soldados a caballo cayó sobre mi casa, la que fue quemada y todos nuestros animales muertos. Por intentar huir mi hermano fue ultimado de un golpe de espada. Mi madre fue violada y crucificada desnuda junto a mi padre en ese mismo lugar y ante mi presencia. Vos sabéis, mi Dios, la locura que se apoderó de mí, una niña de diez años y tuvisteis piedad de vuestra sierva ya que ante tanto horror me desmayé. Cuando desperté todo había quedado atrás; yo iba sobre la montura de un soldado y el incendio de mi casa y las dos cruces se veían a lo lejos.
CONTINUARÁ.

miércoles, 24 de marzo de 2010

EL CUENTO DE CLAUDIA (Parte 2).

"EVOCACIÓN".

Tengo la certidumbre de que por mis faltas merezco este suplicio y es por eso que no me quejo ante la injusticia de esta pena, porque vos sabéis que no cometí el crimen que se me imputa: no he sido conspiradora contra el César, ni la puta de mi adorado maestro el que es inocente de todas las calumnias que los sacerdotes le levantaron por envidia. Mi maestro me enseñó a perdonar e incluso a amar a mis enemigos, pues yo perdono a los que me hicieron esto, sobre todo porque, en mi fuero interno, sé que no es un castigo de los hombres sino el tuyo, Adonay, por mi lascivia y vanidad.
Estoy en la cruz por un delito que no cometí, arriba de mi cabeza está puesta una tablilla escrita en griego y arameo que dice "Claudia, la puta del falso rey". Mi maestro no era falso, no fui su puta y no me llamo Claudia.

Los alaridos de las Nubias me sacan de mis amargos pensamientos. Ellas sí se merecen la crucifixión según la ley de los hombres. Oí a los soldados que decían que eran hermanas, esclavas de la mujer de un centurión; intentaron envenenar a su Ama maltratadora y cruel, pero fueron descubiertas y delatadas por otra esclava. Ahora están ahí, pegadas de pecho al madero, con sus grandes y redondos culos de ébano a la vista de los curiosos. Una de ellas fue, además de sus talones y muñecas, claveteada de los pechos al patíbulo. Berrea por el dolor y dice algo a su hermana en una lengua que desconozco, creo que la insulta, la debe culpar por lo que están padeciendo, tal vez por haber hecho las cosas mal o por tentarla en la empresa de llevar a cabo el homicidio que se frustró. La otra negra le contesta, también con furia. La bravata que se arrojan unas a otras las deja exhaustas y terminan aullando y llorando como dementes. Yo ya pasé por eso y, a pesar de la asfixia que atormenta mi pecho y garganta, me encuentro en paz. Me queda poco, Adonay, para que me arranques de este valle de lágrimas. Recibe a ésta vuestra esclava Judit que intentó, al final de su vida, compensar sus faltas de lascivia, vanidad y orgullo siguiendo las enseñanzas de mi adorado maestro. Siento como si una daga me estuviera atravesando por dentro los pulmones.
La gente tiene razón: en los últimos instantes el agónico recorre mentalmente los pasajes más relevantes de su vida. Estoy viendo todo el periplo que culmina acá, arriba de ésta cruz. El brillo enceguecedor del sol que hace que vea verde el moreno cuerpo de mis compañeras de suplicio, me obliga a cerrar los ojos irritados y retrocedo en el tiempo hasta el hogar de mi infancia. Veo a mi madre, mi hermano y yo cultivando el huerto y esperando a mi padre a que bajara de las montañas arriando las ovejas de Benjamín, el ganadero rico de esa parte del mar de Galilea. Yo era mayor que mi hermano y no obstante haber nacido mujer mi padre me adoraba tiernamente. Suya fue la idea de llamarme Judit en homenaje a la patriota de nuestra nación que simuló ser una mujer fácil a fin de dar muerte al general enemigo de su país. Desde que tuve conciencia de él, siempre recuerdo a mi padre prodigándome caricias, mimos y regalos, recuerdo también que había días en que salía temprano con su arco y flechas a las montañas para cazar aves salvajes y no volvía hasta la noche. Después de las labores del día me divertía con mi hermano en juegos bruscos y masculinos lo que no era bien visto por mi madre que sin embargo callaba en razón de ser yo la consentida de su marido. Tendría unos 10 años de edad y mi hermano 8 cuando Belzebú apareció en mi vida mostrándome el néctar de la lujuria el cual saboreé para no olvidarlo jamás. Estábamos en el campo y en una batalla simulada con mi hermano éste me arrojó una piedra con su honda la que golpeó fuerte y directo entre mis piernas cerca del sexo. Caí al suelo desfallecida, me incorporé después de un rato con dolor y sentí que un cálido líquido se derramaba debajo de mis ropas, por mis piernas. Corrí y me oculté a la vista de mi hermano. Recogí mi túnica y vi una herida justo arriba del agujero de mi sexo. Manaba algo de sangre mas no era profunda; algo de esa sangre caliente llegó a la hendidura de mi sexo, entonces unté una parte de mi vestido con agua del pozo y limpié la herida. Al pasar por mis intimidades un ligero cosquilleo se despertó. Seguí limpiando y el cosquilleo continuó creciendo; sentía una calidez dulce que me hizo morder los labios. Desde ese momento no paré de tocarme cuando me encontraba sola, lo que ocurría muy pocas veces ya que si no estaba mi madre me acompañaba mi hermano.
CONTINUARÁ.

miércoles, 17 de marzo de 2010

EL CUENTO DE CLAUDIA.


"INICIO"

Ya no siento dolor, mi señor, porque dolor no es la palabra. Me deshago, me derrito, siento que mis brazos se desprenden de mis hombros, que mis pies y piernas ya no existen, que mis entrañas tienen vida propia y desean huir de mi cuerpo, escaparse transformadas en líquido. Mi cabeza afeitada y mi cuerpo desnudo están escaldados por el sol abrasador; entero está brillante y embadurnado de sangre y salado sudor, sin embargo mi lengua y mi paladar se encuentran secos hasta la garganta y más allá aún. Mojada por fuera, seca por dentro ¡que ironía¡. Ya no puedo gritar, se me va la vida en pequeñas exhalaciones. ¡Oh, ADONAY¡ no me das la muerte ¡que larga resulta esta agonía¡. Me parecen años desde que me izaron en la cruz hasta ahora, y tan sólo ha transcurrido un cuarto de hora. Al principio me desmayaba y volvía a despertar por el espantoso dolor ¡que caos, Dios mío¡ el sufrimiento me dormía, el sufrimiento me despertaba. Nada podía calmar el dolor; ni los gritos de cerda en el matadero, ni la baba que se me escapaba al chillar, ni el sudor frío, ni la orina ni las heces, ni el cerrar ni el abrir los ojos, ni el retorcimiento de mi cuerpo tratando de acomodarse, buscando la postura menos dolorosa; nada, absolutamente nada.
Ya todo está pasando, Adonay, sois vos quien me está dando la muerte que tanto deseo. Ya no tengo fuerzas ni para sufrir y el descanso final se acerca ¡gracias os doy, mi Dios, por eso¡.
Los soldados ya se fueron cansados de ser crueles y de satisfacer sus instintos de machos brutales, no había tanta necesidad de vigilar y de contener a los curiosos. Poca es la gente que transita por este lado del basural ya que es la parte más inmunda de él. Puedo ver a unos 5 o 6 hombres que no paran de mirar mi sufrimiento y mi cuerpo desnudo. Sé que los embarga la lujuria, conozco a los hombres. Un poco más allá, atrás de ellos, cubriéndose en parte con un matorral raquítico, está un joven; se manosea el sexo mirando a las dos Nubias crucificadas desnudas frente a mi. Ellas acaban de ser clavadas y sus gritos me parecen horribles; así deben de haber sido los míos al principio. Las Nubias están crucificadas de PECHO, de la manera tradicional como se cuelga a las mujeres; sus gigantescos y redondos traseros de negra están a la vista, brillantes y cruzados por las marcas del látigo. Yo, en cambio, estoy de espalda, como son crucificados los hombres, como fue colgado mi maestro. Lo hicieron así para avergonzarme, para que todos vieran mis grandes tetas, mi vientre blanco y mi sexo peludo y para satisfacer así la sanguinaria lujuria de los soldados y de los caminantes y de los mismos que yo satisfacía en las noches de juerga. Objeto de placer en vida, objeto de placer en la agonía ¿esa ha sido mi vida?.
Pero os lo confieso, Adonay, me gustaba hacerlo, me gustaba ser objeto de placer, y peor aún, y no obstante el espantoso sufrimiento que ahora me atormenta, me gusta ser exhibida aquí, delante de todos, con mis intimidades al aire. Sé que, secretamente, esos hombres están admirando mi cuerpo desnudo y maltratado, como si fuera un ídolo en un altar de dolor. Me he transformado en una diosa ofrendada con torturas y miradas concupiscentes. ¡Oh, mi Dios¡ sé que ese es Belzebú, el que siempre ha estado dentro de mí y que mis pensamientos son blasfemos. No los puedo evitar, mi Señor, os pido perdón.
CONTINUARÁ.

lunes, 8 de marzo de 2010

CLAU DE MERODÉ.

-Claudia, te pareces a Cleo de Merodé.
-¿a quien?
-A Cleo de Merodé.

Hago un dibujo en un papel de un cuerpo de mujer, muy curvilíneo como una guitarra, las tetas enormes, caricaturescamente gigantes, y en el lugar de la cabeza pego -cual collage- la cara de Cleo de Merodé recortada de una foto que aparecía en una revista "EVA", de las mismas que vende Claudia en la feria. Le muestro mi "collage" y le digo, indicándole con el índice,

-esa eres tú.
-¿y quien es?
-tú. Es la cara de Cleo de Merodé. Siempre te encontré parecida a ella. Era una bailarina belga de cabarets, de la época de la "belle epoque", de los años 20 en París, muy famosa y que tenía loco a una tropa de hueones, todos se enamoraban de ella incluso reyes y príncipes.

Claudia, se queda mirando la foto de la vedette unos segundos con mucha atención.

-No, no me parezco. Esta era una mina linda, yo no soy así, ella era distinta, me estás hueveando.

Espera de mi parte que le diga algo, tal vez un piropo, pero yo no contesto, le disparo un torpedo de silencio, como los que ella me lanza a menudo y sólo sonrío. Se propone indagar y me pregunta,

-y ¿desde cuándo conoces a Cleo de Merodé?
-desde chico, tal vez desde los ocho o nueve años; en mi casa había un montón de revistas viejas de los años 50, heredadas por mi mamá de mi abuela. Un día descubrí un reportaje sobre ella. Había muchas fotos y croquis con su retrato, yo recorté un par y las guardé. Desde esa época las llevo siempre en mi billetera. Cuando niño me lo pasaba haciendo dibujos tratando de copiar su rostro.
-siempre tan compulsivo y fetichista- me dice Claudia.

Vuelve a mirar el "collage" atentamente.

-¿Qué te parece?

No contesta a mi pregunta, otra vez esos silencios que nacen de su misma mirada. Ignoro si la comparación le halaga o le molesta.

-¿y esta Cleo era tan tetona como yo?
-Mmmm no, no para mi gusto, más bien normal. Hubo un escultor que le hizo una estatua en que aparece desnuda con el cuerpo de una Venus, pero no se si es muy fidedigno. Seguramente era rellenita, las mujeres de esa época lo eran.
-¿cómo yo?

Por un instante me hace vacilar en la respuesta.

-tal vez.

Sonríe un poco y me devuelve el dibujo-collage.

-No, Claudia, te lo regalo, guárdatelo para tí; es más, le voy a escribir una dedicatoria.

Tomo el Collage y pongo: " Para la Dolorosa, de un Perro silvestre". Vuelve a mirar la foto de Cleo (transformada ahora en Clau) con el dedo me señala la corona que la Merodé lleva sobre la cabeza.

-Si la corona hubiera sido de espinas, habría sido ideal, habría hecho juego con tu dedicatoria.
-Todavía me queda otra foto y podría.......
-No, quédate con esa para que te acompañe siempre en tu billetera.

Vuelve a guardar un prolongado silencio y dice,

-Así que desde los ocho años, mmmmm ¡vaya, vaya¡, que interesante.

lunes, 22 de febrero de 2010

CLAUDIA, ALIAS LA DOLOROSA.

DEFINICIÓN DE CLAUDIA, ALIAS LA DOLOROSA:

Forma parte de una cuasileyenda. Su máxima fantasía erótica es ser crucificada desnuda (previo flagelo) y puesta en un altar de dolor y lujuria para satisfacer el morbo-sado de mirones calentones y el suyo propio que es, por cierto, bastante narcisista. Profesora básica de profesión, ama a los niños, los cuales le inspiran una irrefrenable y maternal ternura. En su temprana juventud fue novicia en un convento de monjas del cual fue expulsada solapadamente y con disimulo por su evidente falta de vocación religiosa. Fisicamente es más bien gruesa, rellenita, con una notable y sabrosa gigantomastia que hace babear a cierto perro salvaje; su cabellera es hermosa: oscura y abundante y creadora de un mágico contraste con su piel blanca; gusta de las ropas y aditamentos artesanales. Temperamento apasionado e introvertido con arranques de euforia y tristeza alternativa, espíritu atormentado y algo así como romántico, aficionada a las letras, metida a poeta y pensadora-filósofa. En el terreno sexual se inclina por el sadomasoquismo (masoquismo más bien, aunque para nada sumisa) con preferencias por el bondage, las azotaínas y la ya mencionada fantasía de jesusa-crista. Como su trabajo no le da demasiados recursos, se le suele ver en ferias libres vendiendo libros de viejo, actividad que también le sirve como una suerte de terapia para su depresión neurótica ya que se relaja viendo pasar a la gente por la calle. Es en esos lugares que Perro-indoméstico la ve a menudo.

sábado, 6 de febrero de 2010

ENCUENTRO (Parte 7 y final).

Mientras me iba jabonando el cuerpo, la tina se llenaba de agua. Claudia estaba acostada en el suelo sin posibilidad de ponerse de pie. El agua fue subiendo rápido de nivel hasta casi tapar su cara. Ella hacía esfuerzos por respirar estirando su nariz y boca fuera de la superficie, pero cada vez le era más dificultoso hacerlo. Puse un pie en su frente y le hundí la cara bajo el agua. El glu glu glu fue acompañado de frenéticos movimientos desesperados de su cuerpo; la tuve así unos instantes hasta que lo consideré suficiente. Destapé la tina y el agua se fue. Claudia quedó respirando presurosa, subiendo y bajando el abdomen y el tórax y tosiendo por el agua tragada. Entonces me bajó la tentación de hacer lo que ella misma me había pedido. Comencé a acariciar su cara y tetas con los dedos de mis pies. Al pasar por sus labios ella chupaba mi dedo gordo mirándome hacia arriba con ojos de deseo, brillantes y provocadores y, a la vez, como si fuera una niñita que hace una "gracia" para llamar la atención de sus mayores. Mi sexo estaba erguido así que cuando salió el chorro de orina, hube de apuntar hacia abajo dirigiéndolo con la mano. La meada cayó sobre la cara y ella abrió la boca al mismo tiempo que sacaba la lengua muy afuera. Realmente trataba de atrapar la orina para tragársela. Regué el resto de su cuerpo hasta que expulsé todo el líquido. La ayudé a ponerse de rodillas y cuando tuvo su rostro al nivel de mi sexo, volvió a abrir la boca muy grande y me decía,
-Mi señor, quiero más, más, más, déme más.
-Vaca sucia, inmunda.
Contesté y le mandé un fuerte cachetazo en la mejilla. Ella volvió su cabeza por el golpe y le volví a mandar otro en la otra mejilla. La tomé del cabello y la puse debajo de la lluvia mientras seguía con mis cachetadas y tirones en los pechos.
-¡Aaay¡ ay, me duele, me duele, tengo super delicado.
-eso te gusta, ¿no?
Por supuesto que tenía el cuerpo muy adolorido por los varillazos que le había dado en la noche, por eso estaba seguro de que los quejidos eran auténticos y nada de teatrales.
-Vaca sucia, te vamos a lavar.
Comencé a jabonarla bruscamente con la esponja: la cara, el cuello, las tetas, el abdomen, el sexo, el culo, todo, todo el cuerpo como si fuera una niña pequeña; a la primera muestra de molestia o quejido le daba un palmazo en las nalgas o muslos. Me di cuenta de que había una escobilla y empecé a usarla; como supuse le causó mucho dolor ya que su piel estaba maltratada e irritada por los varillazos.
-Quedarás muy limpiecita-
dije y dando vuelta la escobilla, embadurné su mango con jabón; se lo introduje en la concha con gran brusquedad como si la estuviera lavando por dentro. Luego hice lo mismo con su culo, pero esta vez chilló bastante, en respuesta mis movimientos recrudecieron y cuando terminé le di un par de golpes en los glúteos con la misma escobilla. Era todo un espectáculo ver ese cuerpo mojado, brillante y estremeciéndose por los escobillazos. A continuación le puse shampoo en el cabello y los ojos le comenzaron a lagrimear por la espuma que le caía allí. Al pasar por sus axilas reparé en que ya se asomaban los vellos así que desatándola de sus tobillos y muñecas la reacomodé para ponerla en postura a fin de afeitarla. Le até las manos a la barra que sostenía la cortina de baño de modo que quedó con los brazos en alto, muy estirada. Llené sus sobacos con espuma de jabón y comencé la afeitada. Al principio, ella se mostró incómoda e insegura pero luego se quedó muy quieta. La rasurada fue perfecta y, modestia aparte, hice un buen trabajo. La desaté y salimos de la bañera. La fui secando con la toalla, siempre brusco y pesado y pasándola por sus partes. Llené el cepillo con dentífrico y apretando sus mejillas la obligué a abrir la boca. Cepillé fuerte no sólo en sus dientes sino también en sus encías y lengua. Estaba muy desagradada y creo que también cansada, así que no me demoré demasiado en el aseo bucal. Ya terminado la mandé a que se vistiera.
Por mi parte, una vez vestido, me dispuse a preparar el desayuno. Estaba con un hambre de perro y ella debía estar mucho peor, así que llené la mesa con todo lo que el día antes nos habíamos proveído. Claudia se había puesto su clásico vestido jipón que le llegaba hasta los tobillos, era muy escotado y dejaba los brazos descubiertos; pensándolo bien, más que jipón era un vestido similar al de las gitanas. Su busto se veía espléndido y se me imaginaba altiva y orgullosa por tener aquellas ubérrimas prominencias. Olía bien, muy perfumada, estaba muy linda, una hembra hermosa frente a mis ojos. Su cara expresaba cansancio. Mientras hervía el agua para tomarnos el café, le hablé de mi pesadilla, de aquella que se había motivado por las ilustraciones del libro bíblico. Le conté todo lo que había soñado, incluida las palabras que ella me había dicho en el sueño: humíllame, y otras más.
-Estabas desnuda, colgada y clavada de un poste como el Jesús del libro con los brazos en alto.
Apenas dije aquello, ella se puso de pie de un salto mirándome directo a los ojos; se rasgó el vestido, liberando sus tetazas y alzó sus brazos, diciéndome,
-¿así, Cristián? ¿así estaba colgando, clavada al tronco?.
Yo no atiné a contestar nada y quedé con la boca abierta como un retrasado mental. Me lancé sobre ella y empecé con lametones furiosos en sus sobacos recién afeitados y perfumados ¡que suaves estaban¡ la besaba en el cuello, en su cara, la boca y volvía a bajar a sus axilas, pasando por sus ubres de vaca, mi vaca, mi tetona loca. Claudia no bajaba los brazos y se había puesto las manos sobre la nuca, tenía los ojos cerrados con cara de soñadora y se dejaba a hacer. Yo le terminé de rasgar el resto del vestido y bajé con mi lengua hasta su sexo peludo y oloroso, allí me quedé un buen rato, lamiendo y chupando, arrobado y sin reparar en lo que había a mi alrededor. Me tomó de la cara y subió mi rostro hasta ponerme frente a su mirada. Me desabrochó los pantalones y me los bajó. Comenzó con una caricia delicada en mi escroto, pero, de improviso, agarró todo el racimo de mis testículos con una mano y me dijo,
-Estas son mis pelotas, te tengo de los cocos, huevón.
Yo me quedé inmóvil y temeroso.
-Quítate la polera- me ordenó. Yo le hice caso y quedé con el torso desnudo. Ella no me soltaba de las legumbres. Comenzó a acariciar mi pecho y a pasar la lengua por él, luego dejó los testículos y comenzó a menearme el pene. Respiré aliviado después de eso, pero aún así me sentí controlado por ella. Me tendió en el suelo alfombrado, boca arriba y se montó sobre mí, introduciéndose mi sexo en el suyo. La jinete cabalgó, primero lento para luego volverse frenética y siempre con las manos en la nuca, exhibiéndome sus axilas y dejando saltar libres sus pechos; aullaba y yo me uní al concierto de gemidos vuelto loco por ese festival de tetas locas y gigantes. A veces se inclinaba para que yo estirara la boca y la lengua tratando de alcanzar sus pezones, lo que dado el tamaño de los volúmenes siempre ocurría. La verdad yo estaba como tetera hirviendo, pero tenía la sensación de que podría haber estado toda la tarde con la Claudia retozando sobre mí; no sé si era el cansancio o el hecho de estar ella sobre mí lo que me hacía tener más resistencia, el orgasmo se veía lejano. Pensé que si hubiera estado yo sobre ella me habría corrido luego, así que estaba feliz de tenerla sobre mi cuerpo. Perdí la noción del tiempo, tal vez fueron cuatro minutos o quince o media hora, qué sé yo. Claudia se movía y hacía sonidos guturales como una posesa, diciendo palabras sueltas y aparentemente inconexas y absurdas como: agua, dolor, muerte, soledad, Cristián, crucificada, clávame, tu verga, tus bolas, agárrame, tu vaca, soy tu vaca puta, guacho rico, culéame, dame tu moco hueón, culea, culéameee, etc etc etc. De pronto, abrió los ojos y me miró con la fijeza de una orate, lagrimeando.
-Me voy, voy a irme cortada, voy a correermee, estrújame las tetas, ESTRÚJAMELAAAAS.
Contagiado por la demencial calentura le agarré los pechos y apreté, ella gritó poniendo los ojos en blanco con la saliva corriendo por la comisura de sus labios y haciendo realidad el sueño de toda masoquista, lograba unir el mayor placer con el dolor que le provocaba la estrujada. Se convulsionó varios minutos como si estuviera en los últimos reflejos y temblores epilépticos de un agónico, hasta que cayó sobre mi pecho como desfallecida. Tenía los ojos cerrados y ambos respirábamos aún agitados casi al mismo ritmo. Estuvimos abrazados un buen rato sin decirnos nada y con mi verga dentro de ella hasta que Claudia, la Claudia, Claudia alias la dolorosa me dijo,
-Me debías la follada, fue un buen encuentro- luego agregó -yo también tuve el sueño de la crucificada, Cristián, yo también lo tuve y me dio miedo y me gustó.
FIN.

miércoles, 3 de febrero de 2010

ENCUENTRO (Parte 6)


-¿Crees que me ofendes en mi dignidad de macho o algo así? eso no va conmigo, Claudia. Reconozco que babeo por tus pechos, reconozco que me doblegaste con ese juego de la paja rusa, pero eso no me ofende, siempre he reconocido mis debilidades, mi fetichismo, mis neurosis, no tengo problema con eso. No estoy enojado y como no lo estoy dejemos el castigo hasta acá, no te seguiré castigando y no te voy a perdonar porque no hay nada que perdonar, te voy a desatar y mejor acostémonos que ya es demasiado tarde, debes descansar y yo también. Voy a buscar un cuchillo para cortarte las ataduras.

Di media vuelta y salí del baño.

-NOOOOO.

Me volteé y vi a Claudia que trataba de seguirme, arrastrándose por el suelo, cual gusano, encogiendo y alargando su humanidad rolliza transformada en Claudia la lombriz gigante. Me hizo gracia verla y el nuevo teatro que se le había ocurrido a su mente de orate fantasiosa.

-Nooo, mi señor, no hagas eso.
-ya, Claudia, córtala.

Ella se arrastró más hasta quedar a mis pies y los empezó a lamer y a chupar diciéndome,

-Mi señor, mi señor. Soy tu putita, has conmigo lo que quieras, no me dejes.
-¿no eres tú mi ama? ¿no eres tú la que me domina? entonces tú dime qué debo hacer, siempre decides tú.
-Nooo, mi señor, nunca más me sublevaré, nunca más seré rebelde. Clávame en una cruz si lo deseas, si ya no me quieres más en tu vida, clávame y luego préndeme fuego y olvídame si así lo quieres, yo moriré feliz si tu estás feliz de que te deje en paz. Seré humilde; si quieres humíllame, perdona a esta pobre mujer sola y desdichada, a esta neurótica e infeliz.
- ya te dije, Claudia, córtala.

Puse mi pie sobre su cabeza; se quedó quieta en el suelo. Traté de pensar qué debía hacer. Nuevamente la metí en la tina y estuve jalándole los pechos desde los pezones, sacudiéndoselos muy brusco.

-¿te gusta ser ordeñada, vaca?

Ella sólo me respondía con chillidos y los quejidos ahogados que tanto me gustaban. Y ya que se suponía estaba ordeñando a la vaca aproveché de tomar su leche así que me puse a chuparle la ubre a ese animal tan loco y sustancioso.
De pronto me vinieron unas ganas de orinar así que me detuve y salí de la tina, me acerqué al water para desaguar y en cuanto comenzó a salir el chorro amarillo, la vaca, poniéndose de rodillas con mucho esfuerzo (ya que estaba atada de pies y manos), me miró y abrió la boca muy grande sacando la lengua a su máximo. Al principio no entendí, y ella se dio cuenta por lo que me dijo;

-dirije la meada para acá, mi señor, soy tu orinatorio. Méame, méame mi señor, mea aquí dentro.

y abría la boca nuevamente con la lengua fuera.

-mea a esta pobre esclava; con tu pichí me basta, con tu pichí soy feliz, con que me humilles me haces dichosa.

Me quedé pasmado, la verdad nunca había pensado aquello. Allí estaba yo, con el pico en la mano, meando y sin saber qué pensar, sorprendido, impresionado de todo lo que había pasado y estaba por suceder.
Al terminar de orinar, me metí en la tina y le mandé una bofetada en la cara.

-Vaca inmunda, cochina y sucia.

Tomé otra vez la varilla y le dí tres golpes en las piernas al nivel de los muslos, luego tomando su cabello, volví a abofetearla en el rostro. Le puse una mordaza y la tapé con la frazada. Me miraba con ojos ansiosos comprendiendo que yo había terminado mi labor. Le puse la almohada debajo de su cabeza y la dejé allí para que pasara lo que restaba de la noche. Yo me volví al living empelotas, con el pene erecto aún y con muy poco sueño. Encendí el televisor y eché mano de un vodka que había pedido Claudia, lo mezclé con coca-cola y me senté a mirar. No soy muy bueno para los tragos así que pronto me dormí allí sentado. Al despertar ya estaba claro, el sol había salido hacía horas; el estómago lo sentía vacío y me pedía alimento. Me puse de pie y me dirigí al baño. Claudia me miró y creí descubrir en su expresión un dejo de protesta por no haberla desatado aún.

-Buenos días, esclava.

Le retorcí un pecho y le dije,

-¿No saludas?.

Antes de comenzar a preparar mi baño le quité la mordaza. Estábamos los dos en la tina, yo de pie y ella acostada en el suelo.

-Buenos días, Cristián. Me duele el cuerpo, ya no doy más con estas ataduras.

Puse el tapón al desagüe y abrí la llave de la ducha.
CONTINUARÁ.

domingo, 31 de enero de 2010

ENCUENTRO (Parte 5).

Cambié de canal y llegué a uno de erotismo. Eran esas típicas películas "Play-boy" de un porno o erotismo suave con minas rubias tipo modelo top, todas parecidas entre sí, onda Pamela Anderson o Ann Nicole Smtih ¡trillado, repetido¡. Seguí el camino y me topé con otro canal de sexo; luego caí en la cuenta de que había decenas de ellos y ahí me quedé pegado más de una hora aburriéndome. El porno era una mierda, ¿qué estaba buscando en realidad en esos canales?. Más que una película, buscaba la imagen de una mujer o alguna escena en particular que me calentara, pero siempre era lo mismo, siempre igual, la repetición de lo que se suponía debía excitar a los machos, las mismas tomas una y otra vez en todas las películas desde que había visto la primera de ellas durante mi adolescencia ¿estos directores porno no innovaban acaso, no tenían imaginación?, ¿no creaban algo mejor?. Es que no somos artistas ni pretendemos serlo, sólo queremos ganar dinero y darle al público lo que desea ver. ¡Puta la huevá¡ ¿acaso el público no quería ver cosas nuevas?, ¿acaso yo no era público?, ¿es que algo bien hecho, algo más artístico, no era más excitante, más estimulante y por ende más lucrativo?, ¿es que el sexo estaba reñido con algo más de argumento, con lo nuevo?. Sencillamente no lo podía comprender. En realidad estaba buscando una película "sado" o donde apareciera alguna mujer de tetas gigantes, eso era ciertamente. Hasta que apareció una. Era una negraza entradita en carnes, con las típicas ubres alargadas africanas, muy abultadas, de areola enorme, con muchas curvas a pesar de su tejido adiposo, una hermosa mujer de broncínea piel de ébano, altiva y orgullosa de sus formas. Pero la escena era corta, es decir, la negraza se iba y dejaba lugar a otra negra que creo el director suponía más atractiva para el espectador y que era del tipo modelo, algo así como Naomí Cambell; era una bonita chica, pero cambié el canal. Entonces me llevé una sorpresa, al parecer entraba en el territorio de los pechos ya que la pantalla fue llenada de repente por la figura de una mujer de tetas realmente gigantes, las más grandes que había visto, siliconada claro está a un nivel ridículo por lo notoriamente falso. La mina aparecía follando con un huevón que terminaba eyaculando en su rostro y busto. ¡No, no podía ser¡ la escena me hizo picar y acordarme de mi frustración al eyacular encima de las tetas de Claudia, pero me descubrí endiabladamente excitado.
Cuando entré al baño, Claudia estaba con los ojos cerrados, pero no dormía. La destapé y me quedé contemplándola en su pose de bondage-girl, atadita y amordazada, con su rollizo cuerpo desnudo. Se me quedó mirando interrogante y esperando. Le libré los labios de la mordaza y la ayudé a salir de la tina, la hice arrodillarse para luego restregar mi miembro tieso por su rostro, pero sin dejar que su legua tocara el glande; finalmente, tomándola del cuello por detrás, hice que bajara hasta tocar su frente en el suelo.
-Quédate así, quietita y por nada del mundo te muevas o cambies de posición, ni menos levantes la cabeza porque será peor.
Al pegarle el primer varillazo en la espalda lanzó un AAY muy agudo lo que era de suponer ya que pretendía usar todas mis fuerzas en la golpiza; automáticamente levantó la cabeza, pero al instante volvió a bajarla chocando su frente en el suelo, entonces fui por una almohada y la puse debajo de tal manera que apoyara en ella la frente. Comencé el suplicio dejando caer una verdadera tormenta de varillazos sobre su espalda y trasero alternativamente; no los contaba y no paraba un instante, se los daba con furor. Al principio ella ahogaba los gritos en la misma almohada apretando su boca contra ella y reprimiéndolos con bastante estoicismo, pero hubo de darse por vencida y comenzar a sollozar. Sus gorduras y glúteos vibraban con cada golpe lo que alimentaba mi excitación que me pedía más y más y cada vez más fuerte. Luego de los primeros segundos paré un rato y anuncié que empezaría la verdadera azotaína, le daría 20 varillazos, tal vez ya le había dado esos veinte pero no sabría decirlo con certeza.
Al golpe número 5 y debido a que sólo caían en su espalda y nalgas, el dolor la hizo moverse tratando de esquivar los golpes, o más bien procurando que no siguieran castigando las mismas partes las que, por cierto, estaban enrojecidas. Se botó de lado tratando de ponerse boca arriba pero sin éxito ya que sus manos atadas por detrás se lo impedían; quedó así tendida. Le dije que por haber cambiado de postura el castigo subiría a treinta azotes. Comencé a darle donde cayera la varilla, pero por su posición caían preferentemente en sus brazos, hombros, muslos, piernas. Claudia se retorcía como una boa gigante haciendo temblar su abdomen y tetas alocadamente. Movía su cabeza a uno y otro lado tratando de escapar del suplicio, haciendo cientos de muecas inútiles, a veces hilarantes e increíbles, abría y cerraba la boca y cerraba sus ojos apretados. Dirigí los varillazos a sus pechos lo que le hizo abrir los ojos como expresando su sorpresa de recibir los golpes allí. Sus lágrimas se volvieron ríos y sus sollozos se transformaron en carcajadas de llanto.
-PERDÓN, PIEDAD, YA NO MÁS, MI SEÑOR, PERDÓN.
Detuve el castigo sorprendido por esas palabras que me parecieron extrañas, ¿perdón? ¿perdón por qué?. Le lancé más golpes furiosos y ella de nuevo,
-AYYY, NOOO, PIEDAD, PERDÓN, MI SEÑOR, PERDÓNAME.
-¿de qué estás hablando?
-perdóname, mi señor.
-¿de qué quieres que te perdone?
-tú lo sabes, Cristián.
-no, no lo sé.
-sí, sí lo sabes.
-no, no lo sé, dímelo.
-lo sabes.
Le lancé otro golpe en las tetas y su AAAY quedó en mi mente con la imagen de su boca abierta, su boca pozo oscuro en medio del temblor corporal. Le di otro más para ver de nuevo esa boca de mártir, de mi santa en el suplicio.
-DÍMELO, CLAUDIA.
Seguía llorando sin decir nada. Le retorcí un pezón con mis dedos pero no lo dijo. Agarré una mata de sus pendejos púbicos y comencé a tirarlos, arranqué mucho matorral hasta que lo confesó.
-Perdón, mi señor, perdón por manipularte.
-¿queeé, manipularme? ¿de qué hablas?
-he estado manipulándote para que hagas lo que yo quiera.
Extraño lo que me decía, no me sentía manipulado para nada.
-No, no es cierto, no me siento manipulado.
-claro, esa es la idea de manipular, hacer que el otro haga lo que una quiera sin que se de cuenta y convencido de que actúa por su propia voluntad.
-pero si he actuado por mi propia voluntad.
-no, por eso estás enojado conmigo, porque te he obligado a degradarme, a que me castigues de forma salvaje, porque te sientes sometido a mí, porque ya sabes que nadie más te excitará como yo lo hago y te enojas por eso.
-No, no me enojo, estás jugando conmigo, no te creo nada.
-sí, he estado jugando contigo. Al principio me dijiste que no serías mi amo, que sólo te gustaba esto como un juego sádico, pero que amo no eras de nadie y que preferías las relaciones de camaradas, igualitarias, sin jerarquías ¿te acuerdas?
-Sí, por supuesto yo dije eso y lo sostengo hasta ahora y no niego que soy sádico y me gusta torturarte.
-Pues yo te he manipulado para que te transformes en mi amo, en mi señor de verdad, sin juego, sin performance, para que sólo sea una muñeca tuya, algo de tu propiedad, para que no te importe si estoy caliente o no, para que te de lo mismo mi placer y sólo te importe el tuyo.
-eso no es cierto, me importa tu placer, desde un principio te lo dije y lo puse en claro y así lo quiero, sólo acepto este juego en la medida que los dos gocemos.
Metí un dedo dentro de su vagina y comprobé que estaba como embadurnada en miel, viscosa, luego chupé mi dedo y le dije,
-mmm, que rico, a pesar de que no me importa tu placer veo que te he dado mucho y que estás muy recaliente.
-sí, sí estoy caliente, no te lo niego, pero has hecho todo lo que yo quería.
-entonces coincidimos porque yo también quería todo esto.
-pero estás furioso conmigo, ¿no?
-¿yooo? no es así.
- sí lo es, estás enojado, reconócelo, reconoce que lo estás porque te he dominado.
-jajaja, ahora te contradices ya que me habías dicho que me estaba transformando en tu señor absoluto, pero veo que tú misma lo desmientes al decirme que me has dominado, luego, tú eres la señora y yo el esclavo.
Claudia se quedó un momento estupefacta, sin decir nada y luego dijo,
-te obligué a derramar sobre mis tetas, las tetas de vaca que te hacen babear y eso te hace enojar y te enojas porque ya eres mi amo y no toleras que yo te domine, un amo es el que no tolera esas insubordinaciones, un amo es el que se enoja porque su puta lo tiene tomado de las pelotas. Tus pelotas son mías, Cristián.
CONTINUARÁ.

jueves, 21 de enero de 2010

ENCUENTRO (Parte 4).

Cada vez que eyaculo me sucede aquello en las yemas de los dedos y es que no puedo ni siquiera sostener un lápiz, se me agarrotan los dedos, quedan sin fuerzas y como electrificados, no sé a qué se deba, es decir, si sé, estoy cierto de que se ha de tratar de un efecto en algunas terminales nerviosas que completan el circuito glande-cerebro-yemas de los dedos y que se activa en el evento de mucha excitación y al estallar el clímax sexual, mas ignoro si será algo normal, lo he consultado con amigos y a nadie le pasa lo que a mí.
Claudia dirigió el salpicón blanco de "leche" a sus ubres e hizo lo que ya me había comentado innumerables veces que deseaba hacer o que le hicieran: ser eyaculada en la cara y en los pechos para luego lamerse ella misma. Esa era una fantasía suya inspirada en el porno; a mí me daba igual a fuerza de tantas veces verlo en las películas XXX, era aburrido pero, sin duda, ella pensó que satisfacía también una fantasía mía habida cuenta de mi obsesión fetichista por los pechos enormes; las mujeres tienden a pensar que todos los hombres somos iguales como fabricados en serie (y tú eres un error de fábrica, Cristián), ¡escoba¡ me respondería Claudia.
Yo la veía conforme y satisfecha en su rol, eso me gustaba, pero me había frustrado en cierta manera. Aún no deseaba correrme, es más, había fantaseado con no hacerlo nunca aquella noche; sabía que, si me concentraba, podía lograrlo, pero había ocurrido. Por supuesto nada dije y mientras ella tragaba el esperma la besé en la boca. Sentí el sabor de mi propio semen: mi semen salado, su saliva, mi saliva, su lengua, mi lengua, la espumita, baba chorreando como un yo-yo, dos caracolitos voluptuosos y cochinones, dos niños con la boca sucia de mermelada.
Ella estaba transpirando, mojada entera. Miré mi pecho y yo también estaba húmedo de sudor al igual que en mi cuello y axilas. Era como si hubiera despertado de un trance y volviera en mí. Me extrañé de estar tan mojado sin haber reparado en ello antes. Se notaba que Claudia quería más y lo quería ahora YA ¡AQUÍ Y AHORA¡ pero yo no quería, algo me había pasado, algo se había desinflado más allá de mi orgasmo, me sentí frustrado y desganado. Por supuesto no se lo dije. En un pequeño instante se me había ocurrido confesárselo pero desistí. No es que no me haya satisfizo, pero el juego que tenía planeado se había venido abajo con la felación de Claudia como un castillo de naipes. Pensé confesárselo porque en nuestra relación, en nuestra "seudo-relación sadomasoquista" habíamos llegado a la tesis de que siempre debíamos desnudarnos de manera descarnada frente al otro, exhibiendo nuestros más recónditos temores y pudores, lo más insoportablemente inconfesable debíamos decirnos, incluso lo inconfesable ante nosotros mismos, lo que nos doliera y aunque nos doliera, lo más morboso y sucio; nuestra relación sería un lago para vomitar en él todo lo que teníamos que vomitar así fuera algo muy vergonzoso o doloroso o desviado; sería un área de libertad para mostrarnos sin máscaras, ni mecanismos de defensa, ni censuras; he ahí nuestra utopía. Pero algo me decía que no debía mover esa pieza, que algo se destruiría si lo hacía.
La cagaste Claudia, todavía no podías felarme, lo arruinaste todo. No, no podía decirle eso, no podía mostrar todas las cartas; nuestra utopía era utopía al fin.
Otra vez al baño con ella, rápido, a punta de nalgadas. Los brazos en alto y las manos contra la pared, las piernas separadas como en una inspección policial. Le metí la mano en el culo hasta llegar al pubis, sobajeo clásico de tetas, mi pene a media asta y bajando. Preparé la varilla. SLAP, el primer varillazo calculádamente doloroso pero no insoportable, sus nalgas temblaron; SLAP otro más, ella cerró los ojos haciendo un zzzzzzzh de dolor que me dejaba frío; SLAP, ese cayó un algo más abajo de sus pompis y se movió un poco. La cosa me aburría, tal vez sólo fuera que debía reposar para que los testículos volvieran a producir algo más; descansar para calmarme, pero si estaba calmado ¡demasiado calmado¡. SLAAP ¡AAY¡ dijo, pero no le creía. No, así no. Dejé la varilla de herr profesor y le até las muñecas por detrás con la cinta para embalar; hice igual con sus tobillos, muy juntitos y apretados. La metí en la tina de baño, acostada y antes de salir le pegué otra cinta en la boca a modo de mordaza. Me fui al living y prendí la tele. Apenas encendida y aparece otra vez en la pantalla QUEEN con su video de "friends wil be friend" ¿acaso estaban transmitiendo todo el día ese video? me quedé hasta que terminara para comprobarlo. Siguió otro video de Led Zeppelin en concierto y luego más música de los 60 y 70. Con el control remoto rebusqué en los canales, había cientos de ellos, se veía entretenido, nunca había visto la tele del cable.
Como se anunciaba que me quedaría viendo tele decidí ir por una frazada y tapar con ella el cuerpo desnudo de Claudia en el baño. No quería que se resfriara. Al entrar yo me vio hacia arriba con cara de perrita humilde y con la mirada me preguntaba ¿me vas a dejar aquí sola?. Antes de salir le mandé un varillazo en un muslo provocándole un retorcimiento que casi me levanta de nuevo el alicaído falo.
Descubrí un canal de películas de cine arte. Me vi una entera, "el huevo de la serpiente" creo que se llamaba y trabajaba David Carradine, extraño verlo actuar en una película así. Me topé con un filme Chino de artes marciales, antiguo, de los años 70. Aparecía un joven atado a un árbol mientras era golpeado por un viejo, precisamente con una varilla; los golpes parecían ser feroces y el chinito chillaba como condenado. Tenía mi varilla a mano y quise hacer una pequeña prueba. Me golpeé en el muslo lo más fuerte que pude; estrellas y relámpagos vi. Uf ¡que duro¡ pobre Claudia, pensé, un castigo así era insufrible. La verdad, los cuatro golpes que le había dado no habían sido demasiado y, sin duda, ella había actuado un poco su dolor a fin de animar el cuadro. Me puse de pie y me propiné otro golpe con todas mis fuerzas en mis glúteos; el dolor fue peor que el anterior y casi grito. Me imaginé castigando de ese modo a Claudia; veinte varillazos en todo su cuerpo desnudo, treinta más y ella aullando desesperada; pensé que aquello estaba más allá de su umbral tolerable de dolor y más allá de lo que yo podía soportar como castigador; el peso de la culpa se vislumbraba como abrumador para mí. Alguna vez, Claudia, ante mi afirmación de que me gustaba babear de placer me había respondido que a ella le gustaba babear de dolor. Sus palabras me impresionaron y le dije que era una exagerada, entonces ella, muy picada, me dijo que su fantasía era ser azotada de manera salvaje de tal forma que se le obligara a rogar piedad entre lágrimas, pero que sus ruegos no fueran atendidos y, por el contrario, fueran la señal para que la azotaína recrudeciera hasta ella desfallecer y cagarse de fatiga y dolor.

-¿Y qué tiene eso de placentero?, ¿cuál es el momento de tu placer? ¿viene después de los golpes o deben hacerse caricias y folladas intermedias entre azotaína y azotaína?- le pregunté.
-mi placer no es después, sino más bien antes, al pensar, al imaginarme yo, colgando desmayada y derrotada y que me estés mirando en mi derrota, que te compadezcas en mi victimización, que te excites con verme empelotas y desfalleciente, que me ames en ése instante por mi entrega total a ti, aunque sea un segundo nada más; que digas, mi pobrecita Claudia, mi niña delicada y sufriente. Y si sucediera que no me amas en esa entrega total o te ríes, o te da lo mismo y me dejas, luego de azotarme, abandonada en mi soledad de víctima, será más excitante todavía imaginarme eso porque se me ocurre que mi entrega fue absoluta, me desvanecí sin que te importara nada más que para tu placer inmediato y fugaz y habré sido sólo un instrumento, un juguete para ti y si soy un juguete entonces me sé una contigo, una prolongación de ti, parte de ti, un órgano tuyo, sin existir mi yo sino tú, tu yo tan sólo, yo fundida en ti, yo hecha nada, yo viviendo a través de ti.
-Huevona, morbosa- había contestado yo, pero sus palabras recargadas y barrocas me habían calentado y me estaban calentando al recordarlas. Me imaginé a mí mismo viviendo las palabras de Claudia, yo recibiendo una lluvia de varillazos en mi cuerpo desnudo como el chino de la película, gritando y llorando como un niño, pidiendo piedad y sintiéndome una mierda, humillado, avergonzado, tratando inútilmente de cubrirme las "legumbres" para protegérmelas de los huascazos. Me dio miedo pensar eso, me daba terror descubrirme pensando en semejante tortura sobre mí, en la posibilidad de vivir una entrega de esas, de esa desnudez total (porque esa es la verdadera desnudez) despojado de todo, incluso de mi dignidad para quedar tan sólo un estropajo cobarde y sin coraje para soportar aquel martirio. Me daba miedo, pero el pene se fue elevando de a poquito.
CONTINUARÁ.

miércoles, 6 de enero de 2010

ENCUENTRO (Parte 3).

Le acaricié las nalgas y la espalda, pero ella seguía plácida; fue entonces cuando recordé que, mientras caminábamos hacia el mirador aquella tarde, unos Testigos de Jehová nos abordaron. Yo me corrí a un lado fastidiado y pretendiendo ignorarlos, pero Claudia se quedó conversando con ellos; éstos le mostraron un libro; después de un minuto Claudia vino hacia mí con el ejemplar en la mano dejando a los sectarios esperando. El texto era una selección ilustrada de historias bíblicas para niños, ella les había dicho que éramos un matrimonio con hijos y que se encontraba interesada en él (libro), pero que antes debía consultar con su marido, es decir yo. Todo no era más que un pretexto para mostrarme las ilustraciones. Yo había visto ese texto en algún momento durante mi infancia y me habían llamado poderosamente la atención sus dibujos. A mi seudo-esclava le había pasado lo mismo durante su niñez. Como a mí, aquellos dibujos habían dejado en la cabeza de Claudia una ligera inquietud que ya no salió más de su imaginario.
Juntos recordamos los dibujos que más nos gustaban; coincidimos en todos: Adán y Eva siendo expulsados del paraíso, abrazados semidesnudos y con sus rostros acongojados; Abraham a punto de sacrificar, en un altar, a su hijo Isaac; José siendo arrojado desnudo a un pozo seco por sus celosos hermanos; la mujer de Lot con cara de espanto convirtiéndose en estatua de sal; Jezabel linchada por una turba y lanzada desde la altura de un edificio por ser una idólatra pecadora; Daniel encerrado en una cueva y rodeado de leones y, finalmente, Jesús crucificado. Esta última imagen era la preferida de ambos y la que más nos alucinaba. Según la creencia de los testigos de Jehová, Jesús no fue colgado de una cruz latina, en forma de T, como las que popularmente conocemos, sino de un "madero", es decir de un stepe sin patíbulo o travesaño. La secta da gran importancia a éste detalle y al parecer lo consideran fundamental ya que acostumbran a armar polémicas y debates a este respecto con católicos e iglesias protestantes. Pues así aparecía el Jesús del dibujo, colgando desde un sólo tronco con sus brazos en alto y no extendidos como acostumbramos a verlo en las imágenes. La ilustración estaba muy bien hecha: la expresión de dolor en el rostro, los brazos en alto, los clavos en las muñecas, la sangre corriendo desde los agujeros; incluso detalles como el vello de las axilas y las marcas de los azotes le daban gran realismo y cierto aire épico.
-Cuando niña, al mirar estos monitos, me imaginaba ser yo la clavada así en un poste y disfrutaba con ese juego imaginario.

-a mí me pasaba igual- dije y besé a Claudia realmente emocionado por la coincidencia.
Mi inconsciente había quedado turbulento al ver las ilustraciones esa tarde y, sin duda, era esa la causa de mi reciente pesadilla. Tenía el sexo tieso y el glande húmedo. Había llegado el momento.
El enorme poto blanco con sus dos cachetes se veía tan suave y reposado; en verdad, Claudia estaba disfrutando de un sueño profundo, el sólo despertarla iba a ser un castigo por sí mismo. Al primer palmazo en una de sus nalgas, Claudia levantó la cabeza al instante, pero se la volví a hundir presionando sobre su nuca la almohada como si fuera a asfixiarla. Comenzó a moverse frenética, tratando de liberarse, pero la inmovilicé subiéndome arriba de su espalda y poniendo mis rodillas sobre ella. No sé cuántos cachetazos le di en las nalgas, pero fueron rápidos y caían como una lluvia sonando tap, tap, tap y haciendo que tiritaran gelatinosamente lo que me hizo enardecer aún más. Cuando la agarré del cabello y puse su rostro frente al mío, la expresión de sus ojos me habló de su espanto y de que aún no se ubicaba en el tiempo ni en el espacio, tal como me había pasado a mí minutos antes al despertar de la pesadilla. Hundí mis dedos en el cuello, apreté sus mejillas y pasé una lengua, lo más salivosa y babienta que pude, sobre su cara. Toqué mi mejilla con la de ella y le susurré al oído.

-¿No querías ser violada y humillada, cerda? ¿no querías sentir el dolor máximo? ¿todavía lo quieres?

Ella me miró sin pestañar y entonces le retorcí un pezón.

-contesta, mierda.
-¡AAAAAY, AAY¡ sí, sí, sí lo quiero, lo quiero, mi señor, úsame como quieras.

Le di una bofetada en la cara y torciéndole un brazo por detrás, a modo de llave inmovilizante, la llevé hasta el baño. Nos paramos frente a un gran espejo de cuerpo entero; yo, detrás de ella, con un brazo aprisionándole el cuello le sobaba groseramente sus gordas nalgas hundiéndole los dedos hasta que le doliera. La obligué a que se mirase en su reflejo. Nos observamos unos segundos, quietos y mudos, entonces comencé a lamerle el cuello y cada vez que ella bajaba la vista volvía a pellizcarle brutal las nalgas para que se mantuviera mirándose a sí misma en su blanca desnudez y a mí en mi lascivia furiosa y babosa. Deliberadamente me inducía la baba como un caracol hasta hacer globitos y que me colgaran hilos de saliva desde mi lengua y la comisura de los labios. Deseaba desesperado que mirara, que se mirara a ella misma despertándome el instinto de animal-bruto-salvaje, que mirara cómo era ella la que causaba esa tormenta en mí.
Suavemente bajé hasta sus tetas y comencé con unas caricias delicadas que se transformaron, de pronto, en frenéticas, hasta acabar enterrándole mis dedos; lo hice muy fuerte. Ella abrió su boca ahogando un grito; estrujé y estrujé los pechos y mientras lo hacía lamía su cara fervorosamente, entremedio de palabras soeces, demenciales y absurdas.

-Lamo tu dolor de cerda, me gusta tu cara afligida, tu cara de esclava, de amarga puta calentona, me gusta tu boca abierta, tu boca de dolor, tu boca de desesperación, tu boca pozo oscuro, tu bocaaaa.

El cuello y la cara de Claudia sabían saladas y estaban cálidas y suaves; olía bien, olía rico. Miré al espejo y ví sus ojos cerrados; una palmada en la nalga los hizo abrir.

-Te lo voy a preguntar una vez más ¿quieres seguir con esto, Claudita? ¿No te parece que ya ha sido suficiente?.
-sabes muy bien que quiero seguir.
-lo que he hecho no es nada.
-lo sé.
-no sólo habrá dolor, habrá también humillación.
-descuida, Cristián, me está gustando; soy tu esclava, has lo que quieras conmigo, mi señor, sigue toda la noche, degrádame, no te preocupes por mi placer, me sacrifico por ti, mi señor, soy tu puta chancha, si viene de ti el dolor no me importa.

Mirándola a través del espejo le señalé con el índice las estrías de su vientre.

-¿Te gustan esas marcas, chancha ? ¿te gustan las estrías, dime?.

Cerró los ojos y no contestó por lo que, con ambas manos, agarré brutal las gorduras de sus caderas y se las sacudí.

-¡AAAY, AY, AAAAYY¡
-CONTESTA ¿TE GUSTAN?
-NO, NOOO, MI SEÑOR.
-míratelas, mira esas gorduras, sos una cerda.

Le estrujaba sus gorduras y le daba cachetazos en el trasero; hice eso hasta que noté que se le llenaron los ojos de lágrimas lo que fue como una punzada en mi corazón; ya no quise seguir con eso, me había cagado de onda, así que decidí cambiar el cuadro. Del pelo la arrastré (no en el sentido literal claro está) hasta la cama y la hice tenderse de bruces. Me puse el condón y me monté encima de ella. La penetré por el culo y mientras cabalgaba le daba de nalgadas diciendo, ARRE, ARRE, ARRE, YEGUA. Tiré fuerte de su pelo a modo de rienda.

-Será más fuerte el tirón si no me relinchas, yegua. RELINCHA COMO UNA YEGUA.

Mis cachetazos aumentaron en intensidad y cantidad, pero ella no quería ni podía relinchar; creo que en verdad se sentía muy basureada.

-arre, arre, relincha, vamos.

La pellizqué y después del ¡AAY¡ trató de esbozar un relincho.

-eso, eso, relincha fuerte.

Le di otro pellizco salvaje y ella relinchó; lo hizo una y otra vez como potra domada. Cuando consideré que ya era suficiente dejé ese juego y retiré mi instrumento; no me corrí, no quise hacerlo aún, deseaba aguantarme; de alguna forma pensaba que si derramaba se acabaría todo, que el sentido del "ritual" desaparecería, que el sentido de todo el juego estaba dado por la circunstancia de no correrse, porque una vez el orgasmo triunfando ese remedo de eternidad se acabaría ¿de dónde había sacado eso? no lo sé, no me lo pregunten. Le estuve chupando las tetas un rato. Sus mega areolas y pezones carnosos me enloquecían: tanto bulto, tanto volumen, tanta carne curvada a punto de salirse como una represa al tope. A menudo, en lo cotidiano, Claudia se sentía incómoda con esos pechos, entonces, haciendo los correspondientes gestos de molestia, trataba de acomodárselos en los sostenes, siempre insuficientes para tanta carne a punto de estallar; bastaba eso, una arruga en su nariz, un movimiento en orden a ajustar los elásticos del brassier, una señal de que había debajo de la ropa una prenda que apretaba su busto prepotente y orgulloso, bastaba solamente eso, para que mi falo se volviera roca y sus venas se hincharan de sangre corriendo furiosa por los ríos de ése apéndice. Claudia, Claudia, tus tetas de vaca, tu gigantomastia.

-Sos una vaca, Claudia.

Mientras le decía eso, aprisioné mi miembro entre sus volúmenes de mujer.

-tus ubres, tus ubres, vaca; me enloquecen, naciste para esto, naciste pah ser una vaca esclava, una vaca con ubres.

Tanta lujuria me hizo perder el control y ella se dio cuenta (ella la astuta, ella la muy oportunista), tomó mi miembro con una mano y se llevó el chupete a la boca. Le agarré la cabeza con la intención de zafarme, mas ella había comenzado a chupar y fue más fuerte que yo, años luz más fuerte. Felación y "paja rusa" alternativamente. No sé qué cara habré puesto, pero con seguridad era sumamente ridícula y chistosa ya que en un instante, ella soltó una carcajada divertida. En ese punto, mi sentido del ridículo, mi orgullo de filósofo estoico, mi pretensión de místico Chaolín amateur se habían ido a la mismísima mierda, pero me importaba un carajo. Creo que puse los ojos en blanco o turnios, o sacaba la lengua, qué sé yo. La electricidad llegó a la yema de mis dedos y supe que iba a eyacular.
CONTINUARÁ